Un alegato andalucista; por Andalucia y sus Pueblos
Del Andalucismo Y Otras Causas; Nace Una Nueva Era.
Andanzas, leyendas y escrituras cuentan que el ave Fénix resurgió de sus cenizas; sin embargo, la vida te enseña que cuando te caes, lo que procede es levantarte y seguir caminando, si puedes. Una versión, más cultural y social nos asegura que, para empezar de nuevo, hay que tocar fondo.
Sea lo que fuere, el camino o trayectoria, en la vía ideológica de una corriente política o partido, puede y debe presentar altibajos y puntos de ruptura. Es a partir de estos últimos cuando cabe plantearse las líneas directrices y empezar de nuevo. ¿De cero? No, de cero nunca se empieza; el cero es un invento matemático y sólo tiene valor como número. En la vida real no hay ceros, pues el primer paso ya es uno.
Los recientes resultados electorales en las Elecciones Municipales de las opciones políticas nacionalistas -y no me refiero a la falta de resultados- son el indicio y augurio de un nuevo amanecer en el sentimiento, militancia y compromiso andalucistas. El legado de los pactos para estar presentes en áreas de poder, el legado de las escisiones y abandonos, el legado de las rabietas y de los personalismos, ha tocado a su fin.
El hecho de no haber conseguido concejales o alcaldías, para el que subscribe, carece de valor. Perdón, vale para constatar que lo que se estaba haciendo hasta ahora, no sirve; aunque lo que sí puede servirnos es el valor didáctico del error.
Evidentemente, se ha comprobado que en el mercadeo político de los votos, los andalucistas no somos nadie. Cuando los grandes partidos tiran de sus influencias y capacidad para gestar promesas (aunque sean incumplidas), se ha constatado que son únicos comprando voluntades; quizás la triste enseñanza de todo esto sea, prometer más para luego cumplir menos.
En las tres últimas citas electorales, antes también aunque en menor número, se pactaron cuotas de poder entre los corrientes nacionalistas y los grandes partidos estatales. La consecuencia, más directa y evidente, es que los primeros hemos salido perdiendo: la sombra del gran árbol no nos ha dejado crecer. Y ello quiere decir que el camino andalucista, por arduo que parezca, debemos acometerlo en soledad. El pasado, que no es necesariamente gloria, sino solo pasado, nos tiene que servir para aprender: las Autonónico-Genererales están a la vuelta de la esquina. ¿Debería nombrarlas por separado?
Nuestra tierra, nuestra riqueza y nuestra cultura se la reparten y exhiben, sin ningún pudor, los partidos estatales; convirtiendo a Andalucía en moneda de intercambio por el predominio y hegemonía políticas del momento. En las próximas citas electorales, el voto ideológico cobra especial relevancia: ya es hora de que digamos en Sevilla, en Madrid o en Bruselas que “en el nombre de Andalucía, no se cometen más desmanes. “
Las coordenadas o circunstancias políticas e históricas, para los andaluces, nos han sido impuestas; al menos hasta la fecha, escasas han sido las voces andalucistas que han sonado fuera de nuestra tierra. Ahora apodemos invertir el proceso.
Ahora nos toca a los andalusitos y andalusitas de a pie, a los andaluces (militantes o no) que cada día vemos cómo se venden o hipotecan las tierras que nuestros mayores amasaron. Somos nosotros, los hijos anónimos de estos andaluces y andaluzas, los que vemos cómo los partidos mayoritarios nos están ahogando. Los que vemos cómo la tierra andaluza se difumina, se distorsiona y se pierde en los entresijos del poder político del Estado. La hegemonía y contundencia de los aparatos políticos mayoritarios, nos están haciendo andalucistas a la fuerza. Ellos, bajo la noble actitud de “vengo a salvarte” (tradúzcase salvarte por: eres para mí), están sentando los pilares de un nacionalismo propio andaluz. Ya empezó con el pasado Referéndum; nadie, ni siquiera los andaluces, podemos estar dormidos o equivocados eternamente.
El gigante, en su caída, arrastró las columnas. Puede que las columnas sí; pero no pudo llevarse las piedras. Andalucía puede y debe construirse sobre la base de su tierra y de sus gentes. La desaparición, en el plano político andalucista, de determinados personalismos (ya he dicho que el pasado es sólo pasado), nos abre una vía expedita hacia una nueva era para el andalucismo: el de las calles antes de que nos quedemos sin viviendas, el de los campos antes de que erradiquen nuestros cultivos, el de las fábricas e industrias antes de que cierren, el de las universidades antes de que nuestros titulados se subempleen o emigren, el de nuestras empresas antes de que sean absorbidas o trasladadas, el de nuestros jóvenes antes de que contemplen cómo se les arrebata su hipotético puesto de trabajo…Hay tantas y tantas razones para defender a Andalucía.
El que suscribe piensa que el ser andaluz es la perfecta armonía entre lo que soy y lo que quiero ser. Y que la defensa de los ideales andalucistas se convierte en el compromiso ineludible con la tierra que te vio nacer o que te da de comer; reivindicar y defender nuestra identidad como pueblo, es uno de los mejores legados que podemos ofrecer para el futuro de nuestra tierra y de nuestros hijos.
En la vida, en ocasiones, hace falta caer bajo (si no caes mejor) para saber exactamente dónde estás y probablemente el punto de partida andalucista esté gestándose. La configuración del estado (al margen del bipartidismo), en la consolidación de la Europa de las regiones, lleva implícita una reafirmación de los nacionalismos democráticos: Andalucía, no va ser la excepción.
El trabajo desde las bases y la militancia, la proximidad con la calle y los agentes sociales y la unión de voluntades e ideologías, serán los pilares para una nueva era andalucista.