Un Blog para cada Ciudadano

Educando a Petra

La Educación de Finifú y Finifá

La Libertad Perdida

07/10/2007

La Noche Que Llega Al día; El Día Que Viene De La Noche.

No es una frase sacada de ninguna novela romántica, si no la crónica angustiosa de un día cualquiera en el estío andaluz. Del Turismo de Calidad, estamos pasando al Turismo o Noctambulismo del Miedo.
¡Viva la LIBERTAD! Pero, ¿dónde está MI libertad?
La libertad, considerada en su dimensión más física, material y social, está desvirtuada. ¿De qué me sirve a mí, mi libertad, si los otros no me dejan ejercerla?
En la sociedad actual se está produciendo una continua y sistemática violación de los derechos del otro, de los demás (entre esos otros estoy yo).
Un sistema garante de las libertades no debe aceptar que el miedo se instale en los entresijos de su ciudadanía, en el día a día de los andalusitos de a pie (de los que trabajan, comen, duermen y pagan, porque para otras cosas no les queda ni tiempo, tampoco le queda dinero, ni ganas). Existimos una serie de ciudadanos que exigimos el derecho a pasear con nuestros hijos por las calles, a respirar aire libre de “zotalmeaos” y al descanso. En este mundo (y el mundo empieza por la conciudadanía), debemos caber todos: jóvenes y mayores, los que duermen y los que trasnochan, los que trabajan y los que están de vacaciones.
Sin embargo, en los últimos tiempos este equilibrio relacional no se cumple: las ordas invaden el asfalto y los adoquines, cabalgan a lomos de los Nike’s, Kelme’s y chancla’s, ensuciando, destruyendo y amenazando las libertades -derechos también- de los demás. Créanme, transmiten un clima de miedo e inseguridad. El otro día oía yo que un ayuntamiento andaluz iba a regular las horas trabajo en la construcción para garantizar el derecho al descanso de los turistas. ¿Alguien puede indicarme cómo se regulan las ordas de la noche/día? Al fin y al cabo los albañiles están trabajando para ganarse la vida, pero los que se divierten -no es esta la palabra- ensuciando, molestando y destruyendo a su paso, no consigo adjudicarles una razón en su proceder; al menos una razón mínimamente coherente, no ya de utilidad.
Y gran parte de esto es lo que está ocurriendo. Yo no puedo decirle a uno, que está de juerga, que no se mee en mi portal, que no rompa botellas ni grite, que necesito dormir y que mañana tengo que salir a la calle. No... Porque esa misma noche, con suerte la siguiente, me pinta la fachada, me arroja botellas a las ventanas o... ¿Soy libre en mi propio pueblo, en mi propia casa?
Como ciudadano, puedo tener recogidos y reconocidos todos los derechos habidos y por haber pero, ¿de qué me sirven si se mean y se cagan en mi puerta, si no me dejan dormir o no puedo circular por la calle?
Yo, que intento a enseñar a mis hijos a no dar golpes ni pisotones porque molestamos al vecino de abajo, tengo que explicarles que: a la una, a las dos, las tres, las cuatro, las cinco... de la madrugada, los que están en la calle tienen derecho a gritar, a cantar, a todo. Porque están de fiesta, están borrachos, no tienen respeto o yo que sé. Y siguen las explicaciones para las seis, para las siete, para las ocho, para las nueve de la mañana... La verdad, se me están acabando los argumentos (o me sobran horas, no sé).
Queda lejas ya, aquella frase que oíamos en nuestros centros educativos en los albores de la democracia: “tu libertad termina donde empieza la de los demás”. Yo creo que la aprendí, al menos intento tenerla presente. Ahora bien, ¿estáis seguros de que a los otros se les ha dicho lo mismo? ¿se han enterado? ¿lo han aprendido? Creo que en algo nos estamos equivocando; y no es en el concepto de democracia, si no en el ejercicio de la misma.
La transmisión de valores, normas y principios no es biológica, como puede serl la paternidad, por ejemplo; sino cultural y por tanto, deben ser enseñados y aprendidos. Quiere esto decir que a los jóvenes -y no tan jóvenes- hay que decirles lo que está bien y lo que está mal -luego cada uno hará lo que crea, en el ejercicio de su libertad, pero debe conocerlo-. No podemos dar las cosas por hechas o sabidas, hay muchas cosas, por no decir todas, que deben decirse... e intentar que se cumplan. ¿Dónde está el Orden Público, la prohibición de consumir bebidas alcohólicas en la calle, o las Normas de Ciudadanía?
Quizás estemos en unos coordenadas histórico-culturales en las sería conveniente restituir el concepto de autoridad. La existencia de autoridad, institucional, pública, no es mala, al contrario, es buena aunque solo sea como punto de referencia; de lo que se puede y de lo que no se puede, como límite a nuestra expansión caótica, aplastante, perdida e irrespetuosa respecto de los demás.
Siempre he pensado que el ejercicio de un derecho conlleva la observación y el cumplimiento de ciertas obligaciones. Yo, como cualquier ciudadano, tengo derecho a... pero de igual modo debo asumir las servidumbres que la sociedad me impone: horarios, servicios, higiene, locales, etc.
La libertad ni se vende ni se compra, pero hay otras muchas cosas que sí. Las autoridades, los padres también, vivimos preocupados porque nuestros adolescentes falten un día a clase. Pero parece no preocuparnos que, con trece-catorce o pocos años más, pasen la noche y el día consumiendo alcohol..., destruyéndose. Es la forma más subliminal y triste de empezar a perder la libertad y de paso, hacérsela perder a los demás.
Juan Gámez Cobo. Tarifa (Cádiz)

http://www.unblogparacadaciudadano.net/jugaco/2007/10/07/la-libertad-perdida-1/
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