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e trata del término “mal”, del latín “male”, que en su forma adverbial, indica: “contrariamente a lo que es debido, sin razón, imperfecta o desacertadamente, de mala manera”. Si esta casuística se repite, en la misma forma o por acumulación, complicando las cosas, aparece la expresión de “mal en peor”. Pero la sabiduría popular, ajena a la normativa pseudo académica o lingüística, a este cúmulo de desatinos les denomina “males”. Y la sabiduría popular tiene toda la razón del mundo; realmente es el plural de mal, uno más de entre otros.
Y es que, en el estado de la educación, el error no es uno, sino que ya sea por omisión, por desconocimiento, desatino u obstinación, los errores se van concatenando; son errores referidos a la instrumentalización, al desarrollo de los contenidos mínimos, al marco legislativo, al administrativo y al clima social que la juzga.
En la enseñanza, el trinomio familia, centro educativo y administración debe ser perfectos. Dentro de los centros educativos, otra terna formada por docentes, alumnos y el acto educativo resultante, también debe ser lo más perfecta posible. En los últimos tiempos, las distintas administraciones, en su intento de hacer políticas en los centros educativos, la han pifiado (la han cagado, dicho en registros lingüísticos más actuales, que no más válidos). En el saber popular, bastante sabio por cierto, cuando hay dos nunca puedes contentar a uno, porque entonces el otro se considera lesionado. Y eso ha ocurrido en las distintas pseudo reformas político-educativas, con las que se ha querido buscar el voto potencial de determinados sectores, por un lado, y queriendo presumir con las cifras, pero no con el trabajo que se lleva a cabo, por el otro. Es a partir de aquí, donde se van produciendo los errores o males: si no valoramos el esfuerzo y el valor dignificante del trabajo, todos los epítetos o remiendos que le pongamos a cualquier actividad, sobran. En la educación también y la situación general es de descontento, a saber:
Los maestros y profesores se quejan de que las familias no intervienen en la educación de sus hijos, de que no les inculcan el valor del trabajo, ni las mínimas actitudes de respeto hacia los docentes.
Los padres y madres se quejan de que, en los centros, sus hijos no aprenden porque los profesores o maestros no les enseñan.
Los alumnos y alumnas, se aburren en una escolaridad tan inútil como tediosa: los que quieren trabajar porque nunca ven el momento de avanzar y los que no quieren, porque aquello se hace eterno, para nada.
Y la administración, empeñada en elaborar estudios de indicadores y en crear observatorios y agencias para toda índole de problemáticas, burocratizando el trabajo docente y recogiendo -hacinando- niños de una sociedad, que se le escapa de las manos, se ha propuesto buscar un culpable a la situación actual. ¿Los docentes?
Son ya diversos los profesionales y estudiosos de la educación, que han alertado de la sutil estrategia política en la enseñanza pública: la administración está engañando a las familias, ofreciéndoles horas de estancia en los centros públicos para sus hijos, guardería de por vida, libros gratis que impiden que los niños ejecuten las más elementales técnicas de estudio y atenciones diversas. Los centros educativos se están guetizando, en una función más asistencial que educativa y los docentes, más solos que nunca, en franca retirada vocacional, ninguneados por la administración y la sociedad. /...