Historia de un vecindario
Quizás ya hubiera dejado de soñar.
Quizás, el sueño, fuera la vida misma;
él no lo podía saber con seguridad.
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staba sentado bajo la higuera, al borde de la era, contemplando la blanca luz del amanecer sobre las Cabreras. El manto grisáceo, azuloscuro del pantano, se extendía bajo el monte de la Ladera, absorbiendo la luz de la mañana, como triste y negro presagio de los días que habrían de llegar.
El hecho es que no sabía cuando había llegado hasta la higuera, ni cómo. Tampoco sabía si siempre había estado allí, sentado. Como esto último era poco probable, concluyó que se estaba despertando, que había dejado de soñar y que por fin estaba de vuelta en la realidad.
Se miró intentando reconocer su cuerpo. Se miró las piernas, los brazos, las manos y, en su muñeca izquierda, ante sus somnolientos ojos, apareció el pañuelo blanco anudado a ella. Ya dejó de interesarle la luz, el sueño y el pantano; a sus oídos, a sus labios y a sus narices llegaban el olor a avellanas, el sonido de los palillos y los cálidos versos de las coplillas que le habían acompañado durante la noche.
-¡No serás capaz!
Seguía oyendo la voz susurrante, caliente, espesa y ardorosa, junto a su cuello. Pero estaba solo y la noche, la última noche, como epílogo maldito de todas las noches de su vida, se le vino encima… Evidentemente, había dejado de soñar.
| T |
odo había empezado unos años atrás, en el otoño, con la sementera, en los barrancos del Carrizal y tras la yunta, en la luna menguante de Noviembre.
Él había preparado la yunta, cargado la maquinilla (arado), el ubio y el rabero (o timón) en uno de los mulos, “Rojillo” y en el otro, la mula “Golondrina”, echado los aperos y el pienso, la capacha y el cántaro de agua. Había llegado a la finca casi de noche, bajando por las lomas de los Coloreales hasta cerca del Cortijo del Río. Había descargado, colocado la capacha con la comida y el agua a mitad de la haza y uncido las bestias; estaba listo para empezar la besana y echar la obrá (día de trabajo).
Su padre, la noche antes, le había dicho:
- Vete pallí, que irá Jozeico pa pintarte las jabas. La parte suya es la que pega al barranco, junto al cañaveral y luego, parriba, llega hasta la verea que cruza pa los Cuquillos. Aquello es una obrá, así que apresúrate pa terminarla en el día.
Y allí estaba él, esperando para empezar la jornada, esperando a que llegara el pintaor…
Ella había llegado silenciosa, robando al aire el eco de sus pasos, delante de la burra, que la traía de reata y cargada con las semillas.
- ¡Me parece que hoy te ha cambiao la cuadrilla! Mi tío vendrá después. La que pinta hoy aquí, soy yo.
La mujer había soltado la retahíla, como saludo, antes de decir otra palabra. El se giró, levantando la cabeza, pues estaba echado sobre las manceras (mangos) de la maquinilla, fumando y maniatando la paletilla (raedera), en una actividad monótona, larga y sin interés. Pegó un respingo y recuperándose del asombro, saludó:
- ¡Güenos días tengas, mujer! Dichosa tú que puedes cambiar la cuadrilla, porque a mí no me cae esa breva. ¿Tú eres…?
Se interrumpió, no sabía el nombre de aquella mujer, aunque creía haberla visto alguna vez, quizás con su madre o con las lavanderas, en la Fuente del Caño… Quería recordarla y situarla, pero en aquel momento era incapaz.
- Parece mentira que no me conozcas…eso es que no te has fijao en mí. Sin embargo yo a ti sí te conozco; tú eres el hijo de Siorico del Algarrobo. Y por cierto, mi nombre es Milagros, “Mila” para los que me tratan. Como te he dicho soy sobrina de Joseico, que vendrá después. Me ha mandao a mí pa que pinte las habas contigo y aquí estoy, con el cebero preparao. Lo que no me dijo es que el gañan que manejaría la yunta ibas a ser tú; él pensaba que vendría tu padre. -Había dicho ella, en tono aclaratorio y de broma.
- Pues no. Este año, las obrás me están tocando a mí. El año que viene yo me incorporo a filas y ya tendrá tiempo él, de echar días con la yunta, cuando yo me vaya. No hay otro hombre en la familia. -Aclaró él.
- ¡Huy! Qué pronto pones tú en boca la palabra hombre si, como dices, todavía no has hecho todavía ni la mili. -Bromeó ella.
- Mujer, uno dice lo que parece. Porque luego, la verdad, siempre está por descubrir. Aunque ya, pamí, tu nombre de Mila, ya no es un misterio. -Bromeó también él, mientras la miraba fugazmente.
O quizás no tan fugazmente. Una pañoleta, de color tierra, ocultaba su melena. Por detrás, su pelo negro y rebelde, iba sujeto con una coleta. La cara le relumbraba, con las mejillas quemadas, al aire frío de las mañanas de otoño. Los ojos brillantes, profundos y negros, como negras aceitunas maduradas al sol y al aire. Quería seguir mirándola, pero optó por hablar.
- Pues vamos a ponernos con la faena, que se nos va el día. ¿Cómo te ha dicho tu tío que pintes las habas?
- A golpes de tres, o cuatro jabas, con el paso mío. Me ha dicho que ares yunto (surcos próximos entre sí), pa que supla la haza.- Apuntó ella, dejando caer las recomendaciones que había recibido.
- Descuida mujer; eso está hecho. No es la primera vez que aro. Yo, los dientes de leche los perdí arando; así que ya puedes hacerte una idea. -Aclaró él, en tono burlón.
- ¡Eso es lo que tú dices! Ya me gustaría a mí saber dónde perdiste tú los dientes de leche. -Apuntó ella, con picardía.
- Pues si no fue arando, fue cavando guchillos (calvas alrededor de los árboles u obstáculos), que es lo mismo, con la yunta. -Y espoleó él a los mulos para seguir dirigiéndose a ella, pues había comenzado a arar.
- ¡Arre, Golondrina! ¡Vamos, Rojillo! No pintes en el primer surco. Empieza luego, a la vuelta, cuando lleguemos a la punta de la besana.
El día había transcurrido bien, con alguna broma que otra; sobre todo en los revezos (descanso tras un periodo de trabajo) y a la hora de comer. Aquella mujer le gustaba: era vivaracha, bien dispuesta y no parecía cortarse con nada, pues tenía respuesta y salidas para todo. Se sentía a gusto en su compañía, y con su charla, ironizando, casi siempre en broma.
A media tarde llegó el tío de ella. Empezó a patearse la finca, añadiendo no sabía qué comentarios sobre si había muchas pastas (tierra apelmazada), que si los “guchillos” no estaban bien recortados y no sabia qué más cosas. Pero al final se puso a cavar los encuentros de los cuatro olivos, de los almendros y de las higueras que había bajo el camino; no deberían ser muy importantes las pegas (inconvenientes, trabas) que le ponía a la ariega, pero algo había que decir.
Apenas quedaba luz del sol, cuando él se disponía a deshuncir la yunta. El tío del amuchacha, anticipándose a su intención, le autorizaba.
- Suéltalos ya. No vamos a amolar más en el camino, que luego se lo comen los bichos al pasar. Por lo menos que tengan que salirse de la verea; no se lo vamos a poner en la boca. ¿El día ha venio justillo, no? Es que los jóvenes parece que estáis en babia, se os va el tiempo sin daros cuenta. Pero al final ha venio bien, con el día. Como hablé con tu pae.
El hombre seguía relatando, sin esperar respuesta ni réplica de ninguno de los dos. Y ellos, que habían llegado a intercambiar bromas, cuando llegaban a los extremos de la besana, comentaban en plan jocoso las ocurrencias del hombre mayor.
- Es que si no dice algo, revienta. -Comentaba la joven.
- Déjalo. Ellos siempre tienen que decir algo, si no sería como si no contaran y eso es difícil de asumir. De todas formas parece que hoy, la yunta, viéndote a ti, ha aligerao el paso… Te vas a tener que venir a las obrás conmigo, como pintaora. Porque si no, mañana, éstos no van a querer tirar de la maquinilla. -Bromeaba él, refiriéndose a ella y los mulos.
- No estás despreciado, que mucha falta hace en mi casa. Porque el día de hoy… ¡A ver cuando me lo pagan!
Había terminado la jornada, a un ritmo más vivo que el de otros días. Quizás fuera la compañía de aquella mujer o quizás fuera que él quisiera demostrar ante ella que era el mejor gañán del entorno. Entre tantos quizás, el día se le había ido en un soplo.
Ya se despedían. Coloreales arriba él, con la yunta; Carrizal hacia delante ellos, con la burra. Unos instantes antes, la mujer se había cruzado por delante de los mulos, que permanecían arreatados y le había dicho, mirándole a la cara:
- Se dice por ahí que no te pierdes una fiesta. Pasado mañana hay una velá, en la Casa del Vidrero, en el Cerro. Espero verte, si vas.
Se lo había dicho mirándole a los ojos y así se fue alejando, con la mirada fija en él, sin esperar respuesta.
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ecordaba los dos días transcurridos, largos, eternos; en una espera inexplicablemente ansiosa, exasperante. Era como si de la posibilidad de volver a verla, dependieran muchas otras más cosas. Nunca le había ocurrido. Quizás fuera porque, esta vez, la iniciativa no había partido de él, o quizás fueran las expectativas que él se estaba creando… Otra vez navegando entre los quizás.
Había llegado el día y él no había podido soltar (dejar de trabajar) temprano; prácticamente era de noche cuando subía de las Relimpias, en la Lomas, con la yunta y la maquinilla otra vez cargada en los mulos. Llegó hasta el Algarrobo, metió los mulos en el tinao y, mientras su padre preguntaba no sabía qué sobre las horas, él entraba apresurado en la casa.
- ¡Máma! Voy a comer algo y me voy, a echar un rato en lo del Vidrero.
- ¿Otra vez esta noche? Tu pae se va a poner como un basilisco.
Le reprendió la madre, que no dijo nada más. El se metió en el colgaízo, con la palangana media de agua. Se lavó y se afeitó, después se fue a los cuartos, para cambiarse de ropa. En pocos minutos salía de la casa, camino del Cerro, con su mejor camisa blanca, su pantalón de pana y su chaqueta gris.
Cuando llegó a la fiesta le parecía que no había nadie, sólo la buscaba a ella, sin encontrarla.
- Ya pensé que no ibas a venir. -Le habían susurrado por detrás.
Le había hablado al oído, exhalando el tibio aire sobre su cuello y él se estremeció. Recuperándose de la súbita invasión se giró, comentando:
- A los peces pequeños, sólo hay que enseñarles la caña; ellos solos pican.
- No te tengo yo a ti por pez chico, precisamente. Aunque si lo dices por mi invitación, te agradezco que la hayas correspondido. Ahora voy a sentarme con mis vecinas. Cuando pase un rato, espero que me saques a bailar. -Le dijo, mientras empezaba a separarse.
- Con esa intención he venido…
Pero apenas le dio tiempo a decírselo, mientras ella se alejaba, dándole la espalda. Fue entonces cuando empezó a caer en la cuenta de que allí había más gente y ya pudo ver a los asistentes. Hacían una especie de corro, con las mujeres sentadas por un lado, con las sillas contiguas en semicírculo, junto a dos mesas pequeñas con vasos y platos de roscos. El resto del círculo parecía que lo completaban los hombres, de pie. En el falso centro no había nadie. Saludó a dos o tres vecinos y conocidos y siguió, repasando con la mirada, a los que allí estaban. La casa era muy pequeña y había mucha gente, lo que la hacía más reducida. En uno de los rincones vio a sus dos vecinos, los Guapos, que charlaban animadamente en voz baja; el padre de ellos, sentado cerca de las mujeres rasconeaba la guitarra.
Decidió irse hacia donde estaban los dos hermanos, eran mayores que él y, con ellos, se sentía más arropado.
- ¡Hola, Antoñuelo! Traes cara de venir buscando novia… Ten cuidao con la Milagros, que esa te echa el guante y tú estás mu crudo.
Le saludó Juan Guapo, el mayor de los hermanos, en broma.
- A mí no ha nacio quien me eche el guante, al menos por ahora. -Siguió él con la broma.
- Pues entonces, ya somos más de la misma condición. -Comentó, riéndose, el otro hermano, el menor, que se llamaba Antonio.
Estuvieron un rato haciendo comentarios y buscando, entre los reunidos, a gentes que normalmente iban a otras funciones. Hasta llegaron a ensayar alguna coplilla, para levantársela a alguno o alguna de los asistentes.
Parecía que el trío se había olvidado de lo que le rodeaba, hasta que una voz cálida, aterciopelada, les sacó de su aislamiento.
Él se giró, pues estaba de espaldas al corro. Ella estaba allí, sentada entre las mujeres; las palmas de las manos sobre las enaguas, en ambas rodillas y todas las miradas posadas sobre ella:
“¡Ay! Que no ha nacio quien me quiera,
pues el hombre es pura promesa;
estorba, como al trigo la avena
y espera, a que la amapola florezca”.
Hubo palmas, hubo gritos, hubo saltos, hubo risas, pero él solo la veía a ella. La voz le salía de las entrañas y sus ojos relucían, con el brillo de las mil lunas atrapadas, en sus veinte años… Parecía una diosa.
No supo cómo, pero cuando se hubo callado el murmullo, casi al instante se vio frente a ella, mirándola fijamente, la mano abierta, extendida y la gargantea seca, muy seca:
“Dices que no ha nacio quien te merezca,
palabra que recojo de hombre ofendío;
y quiera Dios que ante ti aparezca,
tó el cariño que tengo yo escondío”.
Aquella noche hubo más versos, y más coplas. Después baile, baile y vino. Aquella noche ya había perdido el sentido de lo ocurrido.
Y después vinieron más veladas y más encuentros y más escapadas hasta el cañaveral del Carrizal. Después llegaron los atardeceres de besos furtivos en la fuente, los días de agónica espera y las largas noches, escondiéndose de la luna. Después llegarían días y noches enteras, robando amaneceres, soñando con atardeceres eternos.
Pero aquello había durado poco tiempo, quizás unos meses. Después, con el principio del verano, el cogería el tren de los Quintos y se iría a la mili y… Ya nada sería igual.
| E |
l servicio militar duraría, entre unas cosas y otras (una guerra y después una redención de condena), cinco largos años, durante los cuales, la carta que le había hecho llegar su padre, presidiría todas sus mañanas y todas sus noches sin almohada…
- “…Mira Antoñuelo, hijo mío. La muchacha con la que andabas antes de irte, la han visto pretendiendo con otro (…) Te escribo esto para que te vayas haciendo a la idea, para que cuando vuelvas, no te lleves el chasco…”.
Ya no recordaba más, ni le importaba.
Se la había leído un soldado veterano de la compañía, pues él no sabía leer, mientras estaban en el frente de Sierra Morena. Y lo había mandado callar; no quería saber nada más de lo que ponía la carta. Aquel día, entre las balas del fuego enemigo, entre los gritos de los soldados heridos, su alma se había dormido; el mundo se había parado. Durante los cuatro largos años que siguieron a la carta, no había sido consciente ni siquiera de la guerra que había librado ni de los posteriores destinos.
Su alma se había helado, sobrevolando los surcos de las Cabreras y del Carrizal.
Había tenido tiempo para olvidarla, y había decidido olvidarla… hasta que volvió.
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on el regreso del gañan, se reanudarían las funciones y las veladas, algunas de ellas en su propia casa (de su padre) en el Algarrobo y lógicamente, sin querer pero deseándolo, se volverían a encontrar. Él no había ido a verla, dolido porque ella no había sabido guardarle la cara, o al menos eso era lo que pregonaba. Pero un día, a las pocas semanas de su vuelta, coincidieron en una función, por San Juan, en la casa de los Greñas.
Aquella noche fue ella la que primero habló, cantando en la fiesta, claro:
“Míralo por dónde asoma,
el que a mí me despreció.
El mundo da muchas vueltas
y ahora lo desprecio yo”.
Y él, cómo no, le había respondido:
“Bien sabe Dios que me alegro,
de que me hayas aborrecido.
Porque sabe Dios mi cuerpo
de qué barranco ha salido”.
Después de aquella noche, ya no se enfrentarían más. El tono se enfriaría, aparentemente, hasta la noche pasada, esa noche de la que ahora él se despertaba; probablemente la noche más larga de su vida, o quizás la más corta, no lo sabía.
La velada había sido en la Erilla, bajo el Cerro de las Pasas, por encima del Carrizal. Habían llegado a distintas horas y, en medio del barullo, sus miradas, se habían cruzado: “vámonos fuera”, había creído leer él en los labios de ella. Poco después, los dos se encontraban, deseosos, oscuros y noctámbulos, en las profundidades de los barrancones del Carrizal…
- No serás capaz de llevarme contigo, a tu casa. -Le había dicho ella, susurrándole.
- Mi familia no lo aceptaría, ni yo lo entendería. -Objetó él, dubitativo.
Pero habían empezado a andar, por el camino de la Joya. Cuando llegaron hasta la Lagunillas, cerca de la casa de sus padres, en el Algarrobo, él que había permanecido silencioso hasta entonces, se paró y sin levantar la vista del suelo, dijo:
- No puedes venirte, es mejor que te vuelvas pa tu casa, antes de que sea de día…
- Yo no puedo irme a vivir contigo y tú no quieres que me vaya. -Contestó ella, dolida.
- No quiero que te vengas, pero tampoco puedo vivir sin ti.
Él quería insistir, pero ella ya no escuchaba. Se había metido la mano en los senos y había sacado un pañuelo blanco. Y cogiéndolo por el brazo se lo había atado a la muñeca con dos nudos, mientras le decía:
- Toma, llévalo contigo, irá dónde tú vayas…
Y se dio la vuelta, marchándose para su casa.
| A |
quella madrugada, él no había entrado a la casa de sus padres, se había quedado bajo la higuera. El frío de la madrugada estaba calando su piel. Creía estar despierto.
Aquella mujer…Era imposible tenerla; sólo existía en el deseo y los recuerdos, en su propia necesidad.
La vida, el futuro, sus propias esperanzas y él mismo se desvanecían con la luz del día. La vida empezaba a no tener sentido ya, para él.
Se levantó y comenzó a andar. Iba deshaciendo el camino, hasta los Coloreales. Allí, cuesta abajo, estaba el Carrizal. Iba buscando la finca donde la había conocido, pero ya no estaba allí, el pantano se la había tragado; solo las higueras seguían, bordeando el camino de los Cuquillos.
Siguió bajando hasta llegar al borde del agua, mirando hacia dentro, hacia las profundidades negras. No veía los surcos, no encontraba los surcos de su amor…
Empezó a caminar, adentrándose en el agua. Iba buscando los surcos, quizás ellos sí siguieran allí, bajo el agua. Quizás…
Zacarías Sioro
El Canto de la Chicharra
(Confesiones desde el silencio… y la risa)
Soy Ana y soy sorda. Y éste no es, por tanto, un homenaje anónimo. Va sobre mi persona, mujer y madre, nacida y criada bajo el sol, bajo el agua y el aire que alimenta nuestros campos.
Y no estoy sola. Yo camino de la mano de todas las mujeres del campo andaluz; no oigo sus voces, pero escucho los rumores de sus almas. Yo llevo, a cuestas, los silencios más ruidosos del siglo XX. El frío, el hambre, la guerra, la enfermedad, la ignorancia y la desgracia secaron mis oídos. El murmullo de la vida se quedó atrapado en mi cabeza.
Las desgracias, que nunca vienen solas, escoltan mi soledad en las Cabreras, adornando mis días de sudor y risas, días de silencios rotos por el llanto de mis hijos.
Yo he visto crecer el romero y las esparteras, tapizando de blanco y lila las lomas de los Retamales. He visto pasar el tiempo y también lo he visto detenerse. He visto la miseria adherida a las paredes de las casas… Una miseria eterna, quieta, parada, sin querer abandonarnos.
Yo nací en el seno de una familia pobre, pero más que pobre, lo que parecía es que estaba bajo el signo de una mala estrella; estaba abocada a la desdicha. Al menos, eso es lo que creo. Éramos tres hermanos vivos (uno había nacido muerto) y mi madre esperaba otro, el cuarto.
-Así seríamos dos parejitas, de machos y hembras. Vuestra madre hubiera estado muy orgullosa de vosotros, pero ¡Qué le vamos a hacer! La pobre se nos fue.
Eran siempre las palabras de mi padre en las mañanas de invierno, mientras lloraba, dándole la vuelta a las migas en la sartén, junto a la chimenea. Nunca pudo superar la pérdida de su mujer. Y es que el día que mi hermano, el menor, vino a este mundo, a mi madre, la luz de la vida se le apagó, y ya no pudo quedarse con nosotros. Por eso yo no la conocí. No sé cómo era mi madre, pero sí sé que era una gran persona.
A mí me lo contaba mi hermano mayor, aunque a él no le dejaron verla. Había sido por Noche Vieja, en un año de nieves que se tornaría rojo, de sangre, en el 36. Por Navidad, nuestra madre se había puesto de parto y el niño había nacido bien, pero ella no dejaba de sangrar. Entonces vivíamos en la Fuente El Caño, en el pueblo Viejo. Mi padre y un vecino bajaron andando a Iznájar, a buscar al médico, pero cuando llegaron no pudieron hacer nada. Ya la vida se le había escapado.
He intentado criar a mis hijos como me criaron a mí, queriéndolos, sin esperar su respuesta. Siempre les he hablado y les he dicho las cosas una y mil veces, con la duda de si me habían oído, y se lo sigo repitiendo, hasta que me hagan caso. Ellos han crecido como hijos del silencio, sin poder decirme lo que pensaban, aislados, solos y callados, en lo alto de las Cabreras. Con una madre sorda, que no hablaba con los desconocidos, porque no los entendía o porque desconfiaba de sus intenciones. Ellos arrastran mis dudas y mis silencios, ellos se reparten mis angustias y mis miedos. Ellos llevan el olor de la albahaca y de los jaramagos en sus bolsillos, llevan en sus ojos el color de la tierra y en sus labios, la luz de la sonrisa.
Yo me refugio en sus besos y en sus caricias; en el olor de sus cuerpos, que han ido creciendo con el tiempo. Yo me refugio en sus llegadas y en sus despedidas. Los tres han tenido que emigrar, para buscarse la vida, lejos de la tierra que les vio nacer. Pero vuelven, ellos siempre vuelven.
Te haces vieja y las sombras del silencio emergen, de la tinaja del tiempo, hiriéndote en tu soledad. Empieza a no quedarte gente con la que contar: tus compañeros de viaje han muerto o están peor que tú y la vida se te empieza a poner cuesta arriba… Casi como cuando era chica; solo que ahora ya no espero nada. Sólo espero la visita de mis hijos o mis nietos, la espero y la temo. Porque no sé qué es peor, si la espera y las ganas de verlos, o despedirlos cuando se van.
Yo no sé llorar; la vida me secó las lágrimas. Pero me duele aquí dentro, en el esternón. Por eso sé cuando me importan las cosas, por una angustia que no me deja llorar ni tampoco respirar.
Me casé tarde, quizás porque a los jóvenes de mi edad les diera reparo echarse una novia sorda. Me fui a vivir, con el que sería mi marido, una espléndida noche de luna en Noviembre. Me había puesto de acuerdo con él y me escapé de mi casa… Quizás haya sido éste mi único viaje hacia los desconocido; aunque yo sí sabía lo que quería.
Creo en la Virgen de la Piedad, porque creer me da fuerzas para seguir y porque a ella le puedo hablar desde dentro. Durante toda mi vida he venido andando, descalza, pá alumbrarle. Ahora ya no puedo; ahora enciendo mi vela en las Cabreras, pá que vea el camino en su recorrido. Pero yo le sigo hablando, desde mi silencio, porque no necesito saber lo que me responde.
Cuando pienso en mis primeros años, siempre me veo andando, detrás de mi padre. Él iba con la cabeza agachada, mirando al suelo, como si fuera enterrando lamentos… A nosotros nos crió mi padre; por lo menos durante los primeros años. Después se juntó con la Chacha, una mujer soltera y algo más joven que él; pero no tuvieron hijos. Ella, nuestra madrastra, nos educó como hombres y mujeres: nos enseñó a llevar una casa y a salir al frente de nuestras responsabilidades. Pero no podía darnos cariño, porque no lo sentía. El amor, la ternura con la que los padres deben tratar a los hijos, nos la dio nuestro padre. Él nos enseñó, con el ejemplo, que en la vida, a veces tienes que quitarte un bocado tuyo, para dárselo al que tienes al lado. Al principio, él se iba a trabajar al campo y nosotros nos quedábamos en la casa solos, hasta que pudimos andar y acompañarlo.
No sé cuándo nací, me apuntaron en el registro como melliza de mi hermana, que es dos años menor. Y tampoco sé si a ella la pusieron en la fecha en que nació o cuando pudieron ir al pueblo. La gente dice que yo nací por julio, porque mi madre estaba abaleando en la era de los Coloreales, cuando se puso de parto. Por eso, en el mes de julio digo que cumplo años.
La gente piensa que soy tontilla. Pero no es así, que sea sorda no quiere decir que sea tonta. Aprendí las cuatro reglas y a leer y a escribir mirando, sin ir al colegio, cuando casi nadie sabía leer. Pero claro que, entonces, yo no era sorda.
La sordera me vino después, por las calenturas del tifus. La fiebre se me metió en la cabeza, secándome los oídos y dejándome sin pelo. El médico pensó que no sobreviviría, pero aquí estoy. Lo peor de haber vivido antes es que entonces nadie te decía nada. A mí me da rabia saber hoy cosas que antes ignoraba; simplemente porque nadie te las decía. Bueno y si las decía, a lo mejor era yo, que no me enteraba.
Yo aprendí a bordar viendo las cosas que ya estaban echas, “sacando yo misma la muestra”. También hacía obra con mí padre, y arreglábamos cosas con esparto, pleita o lona. Hacíamos sillas con los palos más derechos de la tala y las forrábamos con enea o pita (entonces había piteros en la Sierra); echábamos astiles a los aperos y remendábamos serones o aparejos.
Me hubiese gustado nacer en estos tiempos, porque hay muchas cosas para aprender y a mí me gusta seguir aprendiendo. Mi padre no sabía estar parado, y yo tampoco. Cuando llegué al Algarrobo me tocó hacer de peluquera para el vecindario y también era yo la que ponía las inyecciones; la gente no se atrevía, pero yo sí, yo le metía mano a todo.
La vida en el campo, durante mucho tiempo, ha sido miserable. Últimamente ha habido unos años mejores (por algunas comodidades) pero otra vez empieza a torcerse. Entonces no teníamos de nada y ahora empezamos a perder lo poquito que habíamos conseguido. Las gentes no aprenden a conservar y a mirar por lo que se tiene. En la vida hay que empezar a partir de algo, no destrozando lo que hay y queriendo partir de cero.
Nuestra vida ha sido siempre trabajar y comer. Bueno y dormir, cuando podías; porque a veces, ni eso. Durante unos años, los primeros de casada, mi marido emigró a los Pirineos y yo me quedé sola en el campo. Primero con un niño, después con dos y, la última vez, ya con los tres. Había que hacerse cargo de los animales, de la siega, de la era… En épocas como aquella es cuando se pone a prueba a las personas. Y a sus vecinos; sola o solo no eres nadie, te hacen falta los vecinos, la gente que te rodea. A mí me han ayudado siempre, a pesar de que yo no me fíe de los otros.
Cuando vives aislado, lejos de la civilización, la familia cobra una especial importancia: es lo que da sentido a tu vida cada madrugada. Es lo que te da fuerzas para levantarte y ordeñar las cabras o encender la candela, si es invierno. Yo no entiendo los problemas que hoy en día parecen tener los hombres y mujeres. Hemos nacido para vivir juntos, para entendernos y para aguantarnos los unos a las otras y viceversa. El campo es duro, pero te hace sabio y prudente; aquí el que no trabaja no come y cada uno tiene su trabajo. Lo mejor es que cado uno sepa lo que tiene que hacer; el trabajo no entiende de género. En la vida hay que echarse obligaciones y llevarlas a cabo. No podemos pretender que otra persona haga lo que yo no quiero hacer.
Los tiempos de modernidad han sido injustos con el hombre y la mujer andaluces: han supuesto que todos éramos terratenientes y nos han dejado de la mano de Dios. El pueblo que se olvida de su agricultura, y de la tierra, es un pueblo sin futuro, perdido, expuesto al capricho de los vientos, de las modas y de las tendencias. Nosotros hemos llevado una forma de vida muy pobre, con mucha escasez, pero digna y orgullosa. No le debemos nada a nadie, aunque tengamos que dar las gracias a todo el que nos rodea.
Algunos y algunas estamos vivos porque teníamos días en los que vivir. La vida te va seleccionando, como si quisiera que sólo quedásemos unos pocos. Estar vivo ya es, en sí, un motivo de alegría. Nosotros nos hemos criado en “el culo del mundo”; donde nadie iba par saber cómo estábamos. Pero en lugar de quejarnos, hemos transformado la tierra y hemos criado a nuestros hijos. La tierra te condena y te salva al mismo tiempo, porque si la trabajas te da de comer. Hoy en día parece que el éxito es vivir sin trabajar. No lo entiendo. Si no trabajamos, ¿para qué estamos en esta vida?
Casi toda la vida he tenido que juntar las noches con los días, necesarios e insuficientes: lavando en la fuente, bajo el sol del verano, cosiendo de noche, bajo la luz del candil. En los últimos años se nos secó la fuente -como a mí el oído- y entonces la vida fue a peor. Ya no había tiempo para el descanso, en la madrugada y al medio día, había que salir a buscar agua… La vida no es fácil, pero hay que querer vivir.
Me ha gustado que mis hijos hayan sido capaces de labrarse un futuro, por sí mismos. En la vida, al menos como yo la he conocido, el dinero sólo es necesario cuando te hace falta; en las demás ocasiones no sirve para nada y puede que hasta te estorbe. Lo importante de las personas (y creo que mis hijos lo tienen) es que tengan sentimientos nobles y que se respeten a sí mismos. Así podrán vivir con honestidad y la conciencia tranquila, que ya es bastante.
En mi cabeza reposa el canto de las chicharras. Siempre las oigo y siempre las tengo dentro; unas veces de fondo, a lo lejos, otras como si estuviesen posadas en mi cabeza.
-Es un ruido que tu cerebro atrapó en la infancia, antes de perder el oído.
Es lo que dice mi hijo mayor, pero yo no lo sé. Para mí es una condena: soy sorda y sin embargo, tengo que escuchar, eternamente, el canto de las chicharras.
Hace algunos años que llevo un audífono, pero los chasquidos me marean. Puedo escuchar a uno, si no grita, pero para la calle y la multitud no sirve. Así que en los caminos, lo apago para no caerme.
Yo nunca he viajado, quizás porque no podía preguntar por el camino que debía seguir. Mis caminos son los de las laderas y los del río, los de los olivos y los de las cabras. Mis caminos son aquellos que no hacen preguntas, porque van desde la haza a la casa. Mis caminos, como el paseo de los perros, me llevan a donde siempre puedo volver. No sé andar hacia lo desconocido, quizás porque piense que es malo, quizás porque no sé lo que cuentan de él.
Si un día me cruzo, contigo, por los caminos y al hablarme tú, yo te sonrío, no pienses mal. Es que no te he oído, pero mi saludo y mi bendición… van contigo.
Juan Gámez
La LOUA, los ayuntamientos y el pobre campesino andaluz.
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odo empezó en la segunda mitad, casi a finales del siglo XX. Primero, fue un éxodo de las zonas rurales, motivado por las ínfimas condiciones de vida y la gran penuria económica, tradicional, del campo andaluz. Multitud de campesinos y campesinas, labriegos en su mayoría, jornaleros y pequeños agricultores y ganaderos, abandonan las prácticas de subsistencia y se trasladan a la ciudad, empleándose en otros sectores económicos: hostelería, construcción, transportes o servicios públicos. Atrás quedaron, en semiabandono, sus verdes colinas y su blanca casa; las tierras que araba en el otoño y escardaba en primavera, las paredes que encalaba en el verano.
Después vendrían el capricho inmobiliario y el snobismo de las clases pudientes, sembrando los campos andaluces de macro complejos turísticos e instalaciones varias, de urbanizaciones, de chalés y otras infraestructuras; todo ello al amparo del boom de la construcción y del turismo de ocio y disfrute. Todo era válido, para políticos y gobernantes, con tal de generar ingresos y ganancias.
En el primer caso, el campesino originario tuvo que abandonar su hábitat para poder sobrevivir; en el segundo, se tiene que quedar a contemplar cómo otros disfrutaban lo que él y sus ancestros habían construido y no habían podido transformar.
Durante este tiempo, la situación económica y administrativa lo permite todo, hasta los ávidos compradores, nacionales y extranjeros, de casas en ruinas (bastaba con una vieja escritura, lo demás era cosa de certificados y solicitudes al registro, que ya se legalizarían las propiedades). Muchos campesinos, acuciados por la edad y la soledad venden, pero aquellos jóvenes que emigraron, NO. “Por si algún día te hiciera falta (según las palabras de su viejos padres, ya fallecidos), porque aquí nos hemos criado nosotros, y tus abuelos y los míos. Un par de fanegas es poca tierra, pero labrándola dá para comer” (1 fanega = 5000-6000 m cuadrados).
Pero atrás quedaba su pequeña parcela dividida en recintos; él vivía ajeno a todo, teniendo que acudir al puesto de trabajo todos los días, engullido por la vorágine consumista del siglo XXI: ganar lo bastante para poder pagar; no para invertir o ahorrar. Pero todo en esta vida termina y un buen día, su trabajo y el modo de vida, que le habían vendido desde la modernidad, se le viene abajo.
Entonces repara en la casa donde se crió: aquella casita hoy desconchada, de piedras, de cañas y de barro, la que no quiso vender. Allí están los olivos, el pequeño huerto sin agua y los viejos corrales de las cabras y los gallineros… ¿Podría retomar su vida? A lo mejor sí, pero quizás no.
- En primer lugar, no tiene electricidad. La energía fotovoltaica (solar), si intenta ponerla él/ella solo/a, es inaccesible por sus propios medios. Deberá traérsela de la red de abastecimiento convencional y para ello, tendrá que juntarse con varios vecinos, pues sólo así es posible. Por la zona, tradicionalmente olvidada no pasa línea de Alta Tensión (transporte), por lo que deberán ellos acometer proyecto, ya que es necesario un transformador del que parte la línea de Baja Tensión (consumo). Es aquí donde interviene Medio Ambiente y la LOUA, tan calladitos durante años, quizás porque convenía dejar hacer. Resulta que la construcción de una línea AT es una actuación en suelo No Urbanizable y requiere una gran cantidad de especificaciones, entre ellas, la redacción de un Plan de Actuación Especial, que conlleva una fiscalidad exagerada, además de otros trámites. Resulta ahora que la LOUA se ha creado cuando ya el daño en las zonas rurales está hecho; ahora, el pobre campesino, ajeno a los vaivenes inmobiliarios, no puede llevar la electricidad a su antigua casa. Entre otras cosas, amén de los rocambolescos trámites administrativos que desconoce, porque no tiene dinero.
- En segundo lugar, y es aquí donde entran en liza el ayuntamiento, debe obtener licencia municipal. Ahora le toca a los ayuntamientos: durante décadas se han olvidado del vecindario (evidentemente se han olvidado de los vecinos, no de cobrar el IBI); sin embargo, ante la posibilidad de recaudar impuestos por otorgar licencia (11% por ley si no se ha regulado nada al respecto), los ayuntamiento abrirán los ojos y las exhaustas arcas, queriendo exprimir al campesino, en lugar de ayudarle. Los ayuntamientos, endiosados al calor del dinero, se han vuelto insensibles: no han hecho carriles, no han puesto agua, no hay teléfono, no ha habido transporte escolar, no han hecho NADA, pero ahora sí pretenden cobrar.
- Y en tercer lugar, pues no queda aquí la cosa, es de suponer que cumple los requisitos: vivienda con más de 50 años de antigüedad y vinculada a la explotación agrícola, garantizar que no se produzcan nuevos asentamientos… dicha certificación deberá realizarla un técnico. Más gastos.
- A todo esto, la línea hay que entregársela a sevillana-Endesa…
¿Son estos los objetivos del Desarrollo Rural Andaluz? ¿Pretendía la LOUA aplastar a los campesinos andaluces o frenar el boom inmobiliario? ¿Dónde están los servicios municipales básicos? ¿Podrá el pobre campesino criar cabras o llevar sus hijos a la escuela? ¿Podrá vivir, el pobre campesino, en este mundo?
Juan Gámez Cobo
AVV “La Fuente de Barranco”.
No cabe duda de que la situación social, familiar y personal en los tiempos actuales, es de crisis; de pérdida o al menos de cuestionamiento, de unos valores que parecían habernos servido hasta fecha. Esta crisis coyuntural, esta desorientación, se ve agudizada por una percepción -y esto es más preocupante- de necesidad. Al desmoronamiento empresarial, a la incautación de bienes, a la pérdida de propiedades, sobreviene la ausencia de recursos, la aparición de necesidades no satisfechas y… el hambre.
Algunos han llegado a decir que el sistema capitalista se nos cae. Pero no es sólo el sistema capitalista el que se tambalea; amenazan con caérsenos todos los sistemas actuales, la mayoría de ellos montados sobre la actividad económica (entiéndase mercantil y financiera). ¿Qué es lo que falla en las bases que sustentas las distintas sociedades actuales? Una cuestión muy clara (no simple), todas persiguen vivir a costa del beneficio obtenido a partir del trabajo de otros. Es normal que, tarde o temprano, entre en crisis.
Es algo así como si la economía, entendida como poder o instrumento, se hubiese instalado en los distintos gobiernos. Bien es sabido que la economía, en sí, no es riqueza, sino más bien el uso que hacemos de los bienes o producciones. Las sociedades y los estados de finales del siglo XX y comienzos del XXI, han dejado que la economía gobierne la tierra (en la casi totalidad de sus partes); y si la economía es negociar con la producción de otro… ¿Quién, o quienes, producen en este mundo?
Si pensamos en una sociedad piramidal (la nuestra, pese a que nuestros gobernantes se empeñan en decir lo contrario, lo es). Las fuerzas productivas no son los empresarios, ni las sociedades mercantiles, ni los técnicos, ni sus jefes, ni las empresas creadas a partir de subvenciones cuyo fin último es realizar un servicio y no una producción. Si me apuran, fuerza productiva, en nuestro país, hay muy poca; si exceptuamos aquella que se dedica a la producción de materias primas. La sociedad actual, cosmopolita, desraizada y consumista, se ha construido sobre un error: se han olvidado de la agricultura, de la tierra y de la propiedad de la misma.
Consecuencia de lo anterior, tenemos un sistema social basado en la economía y una economía que se ha olvidado de la tierra. La clase política no se ha viciado, como se dice por ahíe; se ha mercantilizado. La tierra no es sólo el lugar donde vivimos, sino que también es el ente o cuerpo del que vivimos. ¿Qué ocurre entonces? Ocurre que la ingente masa de ciudadanía anónima, no sabe hacia dónde camina y no es consciente de su poder fagocitante, destructivo de bienes y servicios, consumidor de una sustancia llamada tierra, que no da para todos (y no da para todos en el momento en que unos pretenden vivir a costa de otros).
Contaba mi abuelo, que era una persona muy reposada y de pensamientos muy simples, que un hermano suyo había construido una casa a la que todos los años tenía que arreglarle el tejado, pues le aparecían fisuras por las que le entraba agua cuando llovía. Así un año tras otro y todo cuanto ganaba lo empleaba en pagar albañiles para que le arreglasen el tejado. Sin embargo, el agua seguía entrando, pues seguían apareciendo grietas. Un mal año, que no había conseguido ahorrar dinero para contratar albañiles, se lamentaba de su suerte mirando la casa y pensando en lo desgraciado que era, pues aquel invierno se mojaría y la vigas se podrirían, temiendo que la casa se cayese… Entonces recordó las advertencias que le habían hecho los más viejos del lugar, el año en que se estaba construyendo la casa: “No la hagas ahí, que el terreno es movedizo, y aparecen hundideros”. Y empezó a entender que el problema no era el tejado, sino los cimientos y el terreno sobre el que estaba hecha la casa.
Yo no soy tan sabio como mi abuelo, pero me gustaría decirle a nuestro gobierno que a ver si intenta arreglar la financiación y la economía virtual de las empresas y se olvida de la tierra, de la agricultura, de las fábricas y de los trabajadores. Evidentemente, el tejado es un problema, pero a lo mejor, querer parchearlo, no es la solución.
Ideal. Tribuna. Edición impresa (13/12/08)
El Honor De Los Camperos.
Andalucía y su campo; el campo de Andalucía. Ese campo tan traído y tan llevado en el discurso y sin embargo tan olvidado en la práctica política de nuestros días.
La agricultura y la ganadería, son las actividades humanas que nos da de comer; en un ciclo equilibrado, de producción y de consumo. Siempre ha sido así y lo seguirá siendo. Un concepto económico básico, tan básico que nuestros políticos parecen haberlo obviado; se trata de la generación de riqueza, de prosperar aumentando nuestra capacidad económica, diversificándola.
Un pueblo, una población, el ser humano, pueden prescindir de todo o de casi todo, pero del sustento no. ¿Hay que proteger el campo? Pues sí. La vida nos enseña que, con lo que nos da de comer no se juega; es más, hay que cuidarlo, para que no se acabe ¿O no?
Es necesario realizar un llamamiento general, al gobierno, a las instituciones, a las autoridades y a las empresas agroalimentarias. Para que tomen conciencia del problema y se dejen de pamplinas sociopolíticas y mercantiles, que sólo conducen al empobrecimiento y a la erradicación de los cultivos y de la ganadería.
El campo, la eterna cenicienta de nuestra economía, corre el riesgo de ser ignorado y olvidado. Y ese lujo, aunque estemos en el siglo XXI, todavía no podemos permitírnoslo.
Europa nos ha engañado, nos ha colocado sus excedentes y encima, nos ha subvencionado hasta pera que no produzcamos. Lo de Europa es por echar las culpas a alguien, porque la verdad es que nos hemos engañado nosotros mismos, gasta el punto de creérnoslo, bajo la panacea de una macroeconomía y economía global, tan global como inútil. ¿Alguien me lo puede explicar? En términos sencillos, por favor. En términos, de tengo o no tengo, en macro conceptos no, gracias.
Yo me he criado en el campo. Y les puede asegurar que no hay, un hombre o una mujer de campo, que entienda que se pueda subvencionar (o dar dinero) por no cultivar, por no hacer nada. Y creo que nuestros dirigentes, si algún día reflexionan, también lo verán así y se darán cuanta, de que los intereses eran otros, espero que no sea demasiado tarde.
Que no se nos olvide, el campo debe y puede tener un buen futuro; para los más optimistas, debe ser el mejor de los futuros. Pero hay que dejar bien claro que todos los futuros posibles pasan por la consideración y revalorización de la actividad campestre y agropecuaria, amén de la medioambiental.
Tradicionalmente, un sector que permanece poco propenso a los cambios repentinos y alejado de los sobresaltos modales y mercantiles, se consolida día a día con más serenidad y más firmeza; con más convicción de que lo que están haciendo, lo hacen bien.
Pero esta opinión, no pretende quedarse en una crítica o lamento. El objetivo es despertar conciencias, buscar y arbitrar soluciones. En Andalucía tenemos la tierra, la riqueza; si la dilapidamos, nosotros seríamos los únicos responsables. Europa, España si me apuran, pueden jugar al monopoly, pero nosotros, con el déficit tradicional que arrastramos, no estamos para muchas alegrías.
Modestamente, quisiera apuntar algunas de las líneas de trabajo. Por si alguien no ha pensado en ellas y ya lo ha hecho, me queda más tranquilo.
Construcción de infraestructuras y comunicación viales. Modernización de explotaciones. Ayudas a la movilidad y transporte y a la comercialización.
Activación y protección del mercado en origen agrícola y ganadero.
Previsión de reservas para el consumo de piensos y pastos. Ampliación de zonas de pastoreo. Intervención y control en las cadenas de distribución: producción, venta, consumo. Campañas de promoción de Denominación de Origen. Electrificación de todas las viviendas del campo. Posibilitar captaciones subterráneas de agua (regulada /controlada) para uso doméstico, agrícola y ganadero o en su defecto, conexiones a la redes generales de abastecimiento. Ayudas para mejoras de instalaciones. Financiar estudios tendentes a la mejora de especies.
Las mujeres y hombres del campo andaluz, son lo que son por su trabajo, porque a ellos y a ellas, nadie les ha regalado nada; se lo han ganado con su esfuerzo. Y eso, en la sociedad actual, no todo el mundo puede decirlo.
En la actualidad, los distintos gobiernos están demostrando ser osados, tradúzcase por inconscientes. ¿A alguien se le ha ocurrido poner a un agricultor o ganadero, a una ganadera o agricultora, al frente de la consejería? Yo me ofrezco, por si no hay reservas, en la lista de candidatos.

Siorillo del Algarrobo; o el adiós de los que no cuentan.
Se nos fue Siorillo del Algarrobo. Todos sabemos que el hecho de que alguien abandone este mundo no es ninguna novedad, menos si lo hace a la honorable edad de 85 años. Sin embargo, el suceso cobra significado cuando caemos en la cuenta de que no era tan anónimo y de que, hace ya tres años, el que suscribe, denunciaba en un artículo enviado a este periódico (“Cuando el tiempo no hizo justicia”)el abandono y la condena al olvido en el que se tenía a un grupo de vecinos de los Diseminados de Cierzos y Cabreras de Iznájar, en la zona colindante con Granada.
Aquellas gentes, y Siorillo era uno de ellos, habían luchado hasta lo imposible por salir adelante en un territorio hostil, abrupto y escarpado: allí habían nacido, crecido y criado a sus hijos. En aquellas tierras habían labrado su futuro(un futuro en el que ni la luz eléctrica, ni el agua corriente, ni el teléfono tenían cabida) y dedicado su vida al campo y al pueblo, al pueblo que les acogía en su término municipal, Iznájar. Con el paso del tiempo y la aparición de nuevas prioridades para los gobernantes en el motor de vida del pueblo, éste les daría la espalda. No eran sus habitantes los que olvidaban, sino las estructura políticas y los que las manejan los que le pondrían la etiqueta de “los que no cuentan”; olvidando que la ciudadanía también llega hasta el campo, por aislado o inaccesible que se encuentre.
Ahora ya estamos en el uno menos, uno que se va sin conocer la luz eléctrica, sin saber qué era eso del PER porque él mientras tuviera brazos siempre podría arar, escardar o irse a trabajar en los túneles de los Pirineos o a la vendimia francesa... el futuro le pilló demasiado solo y demasiado viejo para pedir; ya sus hijos habían tenido que emigrar, ya le tocaba el turno a otros. Queda todavía otro matrimonio octogenario, que quizás también se vayan sin luz y sin agua; de momento no tienen ni teléfono ni auxilio social ninguno; claro que ellos, acostumbrados a vivir con poco, no lo echan de menos. Son analfabetos y no saben que en la sociedad actual las ayudas hay que pedirlas (ellos nunca han pedido nada). Eso sí, saben que están solos, pero ignoran que se les olvida.
Bajo estas líneas hay tristeza; tristeza, dolor y rabia porque la sociedad, o mejor dicho la administración, se deshumaniza y se aleja del valor íntimo y vital de velar por el bienestar de los suyos. Los gobernantes –desde los ediles municipales hasta el gobierno del país- viven preocupados por el turismo y por la demagogia de los números: pretenden vivir el presente, hipotecando su futuro y olvidándose del pasado. Siorillo, como otros, nacido criado y muerto en las Cabreras, donde sus familias llegaron hace ya casi cien años, no han podido ver recompensado su pasado. Un pasado lleno de caminos y de idas y venidas de los hombres del campo al pueblo, recorriendo las Cabreras para bajar al pueblo: a moler, a herrar, a comprar o a cobrar en los últimos tiempos. Son las personas que han visto cómo sus hijos tenían que emigrar y marcharse a buscarse un porvenir fuera y que ahora, que las cosas podían ir mejor, se encuentran con que ya no son nadie: ni para los suyos que están lejos, ni para el pueblo porque ya no sirven.
Siorillo se fue, sin ver acabado el proyecto de instalación eléctrica que habían iniciado los vecinos, esperemos que no le sigan ninguno más...
Desde aquí, a modo de homenaje, quiero darle las gracias y dedicarle la siguiente reflexión: “Hoy vivimos así, porque existió un ayer, que construyeron unos pocos... que no se nos olvide”. Gracias Siorillo, como hijo y como hombre.
Juan Gámez Cobo (AVV "La Fuente de Barranco")
"A-333: Vergüenza En La Subbética.
Hay lugares a los que es difícil llegar; existen lugares en los que el interés mayoritario, es que no se llegue nunca. Y aunque alguien piense que éste puede no ser el caso, sí lo es en cuanto al resultado; lo que nos deja, más o menos, en el mismo sitio.
La A-333, carretera autonómica ella, conecta Archidona, en la provincia de Málaga, con Alcaudete, en la provincia de Jaén. En su recorrido, siguiendo siempre dirección Sureste, atraviesa la comarca de la Subbética Cordobesa en el punto más Sur, tanto de la provincia como de la comarca.
Hace ya algo más de ocho años que el tramo Salinas-Iznájar está perfectamente acondicionado; incluso reasfaltado en un reciente plan de mejora (anótese que el tramo discurre en su mayoría por la provincia de Málaga, Ruta del Olivar). Es a partir de Iznájar, sentido NE, en su recorrido por El Higueral y Las Lagunillas hasta conectar con Priego de Córdoba, el que presenta un estado pésimo; llegando a ser peligroso, casi intransitable, por algunas zonas; éste es el tramo que pretende denunciar el presente escrito. El que suscribe desconoce el estado del tramo restante, Priego-Alcaudete, pero considero que si está en malas condiciones la denuncia también tiene vigencia y si, por el contrario, el tramo restante está arreglado, como me temo, entonces el escrito, cobra mayor validez, si cabe.
El tramo central anteriormente señalado: Iznájar-El Higueral-Las Lagunillas-Priego, sigue como hace veinticinco años; intocable o intocado, no lo sé. Lógicamente, con el paso de los años, el abandono y el desgaste, por el incremento del tráfico, han ido en aumento. Los baches, la pérdida de asfalto, los badenes y la grava suelta, la falta de arcén, las grietas, las curvas, los estrechamientos... ¿Cuánto tiempo, desgaste y dinero cuesta a los trabajadores y vecinos de estos núcleos?
¿A nadie le importa? Quiero suponer que Diputación no es consciente de la postergación y el cercenamiento del posible desarrollo que ocasiona a estos poblados. De igual forma, quiero suponer que no se queda callada a favor de otros. Y que lo que ocurre es que el imparable avance de la Junta en Sevilla no ha llegado todavía a la Subbética, o mejor dicho, no ha llegado a algunos sitios de la Subbética. Y como siempre, el desarrollo, en su concepción tecnocrática y centralista, sólo alcanza a los territorios cabecera y por ende, tradicionalmente dominantes.
Es de suponer, bajo planteamientos imparciales de racionalidad, que la hegemonía empresarial (y he dicho empresarial, que no tanto económica) de Pueblos como Lucena, Cabra o Priego, exija una comunicación decente por carretera; es una exigencia o premisa básica. Ahora bien, ¿para los más pequeños no existe la misma premisa? Pues triste favor se les otorga, bien sea en aras a poder comercializar y distribuir sus productos, bien sea para el mero hecho de acudir a sus .lugares de trabajo o de ofrecer destinos de turismo rural.
Ahora ya sí estoy imaginando. Y al igual que otras zonas de nuestra geografía andaluza, el secreto político del desarrollo consiste en espolvorear a los cuatro vientos que se ha hecho... (aquello que no ha hecho sino comenzar) y que probablemente no se termine nunca. Ahí está la clave: el desarrollo como limosna, por entregas; así siempre podemos seguir prometiendo.
Claro que de aislamiento y postergación, de obstracismo e incomunicación, como injusto legado histórico en los territorios andaluces, el que subscribe sabe mucho. Nacido en la Subbética allá por los años sesenta, en una zona de diseminados en lo más sur, donde se unen Córdoba y Granada. Creció sin luz eléctrica, sin agua potable y sin transporte y sin escuela. Pero lo triste no es el entonces, porque en el ahora, cuatro décadas después, ya en el s.XXI, la zona sigue igual: apenas cruzada por una descuidada carretera (no es la A-333), sumida en el llanto de los olvidados... ¿Es para sentir vergüenza, o No?
Juan Gámez Cobo
AVV “La Fuente de Barranco”.- Iznájar .
