Muerte en la carretera, o el adiós al viejo Vario
24/02/2008
Muerte en la carretera, o el adiós al viejo Vario.
Como siempre, ocurre cuando menos te lo esperas, cuando peor te pilla. Los hechos, los acontecimientos, ocurren cuando tienen que ocurrir, como la vida misma: sin previo aviso. Hacía ya un par de años largos, en los que todos no prodigábamos en comentarios elogiosos: “qué bien está”, “… como éste no encuentras otro”. Nada parecía presagiar el inusual y triste final.
Juntos habíamos asistido al alumbramiento de nuestra hija, la segunda; juntos habíamos conocido el mundo con el primero, el niño. Juntos habíamos acudido a tantos y tantos sitios que se me hacía raro decir “voy a…” y no acordarme de él. Indudablemente, ocupaba un sitio importante en nuestras vidas.
No había muchos como él, quizás fuese eso lo que le hiciese original y bonito. Nunca parecía caducado ni desfasado, sólo sus innumerables arañazos, cual gélidas canas, adornaban su verde oliva, denostando el paso de los años transcurridos. Cómplice de escapadas y recogimientos, de separaciones y regresos, testigo de riñas y alegrías, de incesantes desorientaciones y del inevitable reencuentro. Cumplió siempre fiel y ruidoso, cansado y gruñón, indolente a los años, digno compañero de viaje y estancia: allí estaba, con su silueta alargada, achaparrado y quieto, esperándonos.
Le teníamos reservado un final digno, un retiro honroso en el monte: orientado hacia las inmediatas lejanías, las lomas y horizontes que surcaba. Mirando al mar, como el día que apareció en nuestras vidas. Desde los anocheceres hasta las madrugadas, del campo a la playa, de la lluvia a la niebla, de la tierra al asfalto; han sido unos largos años de complicidad, de idas y venidas al calor del hogar, a la sonrisa triste y complacida de los abuelos, de los trámites, de las visitas y de las citas. Siempre con un destino puntual y seguro.
Sin embargo, un gélido presagio blanco se cruzaría en su camino: nunca le había gustado la nieve, era resbaladiza y perdía adherencia. Estaba claro que no era ese su medio natural; era como si en sus metálicas entrañas se desatara un repentino miedo blanco, terminal y frío. ¡Y mira que habíamos superado adversidades! Pero como decía el sabio anciano: “la última no hay quien la libre”. Se iría atento, honroso y salvaguardando a sus compañeros de viaje.
No podía ser menos, moriría en la carretera; para la que estaba hecho. Un hermano furioso vendría por detrás, interrumpiendo su calmosa espera y frenará su ímpetu contra su verde figura, aplastando sus formas.
Pertenecía a una familia longeva, los córdoba, que dentro de los seat habían salido buenos. En un mundo consumista, donde lo que viste es ir a la última y adquirir lo más novedoso, yo estaba orgulloso de mi viejo Seat córdoba Vario; yo presumía de coche viejo. Un día lo hablaba con mis hijos: “el día que tenga que cambiar de coche, pensare que algo he hecho mal; que no le he hecho durar los suficiente”. No hizo falta que me deshiciera de él. Un alcance siniestro, en una tarde nevosa del Puerto de la Mora, acabaría con él.
¡Adiós, viejo Vario! Con nosotros queda tu estela, transitando por los caminos de Andalucía.
Viejo Vario, ¡Adiós!
Juan Gámez Cobo(Iznájar)