Historia de un vecindario
No cabe duda de que la situación social, familiar y personal en los tiempos actuales, es de crisis; de pérdida o al menos de cuestionamiento, de unos valores que parecían habernos servido hasta fecha. Esta crisis coyuntural, esta desorientación, se ve agudizada por una percepción -y esto es más preocupante- de necesidad. Al desmoronamiento empresarial, a la incautación de bienes, a la pérdida de propiedades, sobreviene la ausencia de recursos, la aparición de necesidades no satisfechas y… el hambre.
Algunos han llegado a decir que el sistema capitalista se nos cae. Pero no es sólo el sistema capitalista el que se tambalea; amenazan con caérsenos todos los sistemas actuales, la mayoría de ellos montados sobre la actividad económica (entiéndase mercantil y financiera). ¿Qué es lo que falla en las bases que sustentas las distintas sociedades actuales? Una cuestión muy clara (no simple), todas persiguen vivir a costa del beneficio obtenido a partir del trabajo de otros. Es normal que, tarde o temprano, entre en crisis.
Es algo así como si la economía, entendida como poder o instrumento, se hubiese instalado en los distintos gobiernos. Bien es sabido que la economía, en sí, no es riqueza, sino más bien el uso que hacemos de los bienes o producciones. Las sociedades y los estados de finales del siglo XX y comienzos del XXI, han dejado que la economía gobierne la tierra (en la casi totalidad de sus partes); y si la economía es negociar con la producción de otro… ¿Quién, o quienes, producen en este mundo?
Si pensamos en una sociedad piramidal (la nuestra, pese a que nuestros gobernantes se empeñan en decir lo contrario, lo es). Las fuerzas productivas no son los empresarios, ni las sociedades mercantiles, ni los técnicos, ni sus jefes, ni las empresas creadas a partir de subvenciones cuyo fin último es realizar un servicio y no una producción. Si me apuran, fuerza productiva, en nuestro país, hay muy poca; si exceptuamos aquella que se dedica a la producción de materias primas. La sociedad actual, cosmopolita, desraizada y consumista, se ha construido sobre un error: se han olvidado de la agricultura, de la tierra y de la propiedad de la misma.
Consecuencia de lo anterior, tenemos un sistema social basado en la economía y una economía que se ha olvidado de la tierra. La clase política no se ha viciado, como se dice por ahíe; se ha mercantilizado. La tierra no es sólo el lugar donde vivimos, sino que también es el ente o cuerpo del que vivimos. ¿Qué ocurre entonces? Ocurre que la ingente masa de ciudadanía anónima, no sabe hacia dónde camina y no es consciente de su poder fagocitante, destructivo de bienes y servicios, consumidor de una sustancia llamada tierra, que no da para todos (y no da para todos en el momento en que unos pretenden vivir a costa de otros).
Contaba mi abuelo, que era una persona muy reposada y de pensamientos muy simples, que un hermano suyo había construido una casa a la que todos los años tenía que arreglarle el tejado, pues le aparecían fisuras por las que le entraba agua cuando llovía. Así un año tras otro y todo cuanto ganaba lo empleaba en pagar albañiles para que le arreglasen el tejado. Sin embargo, el agua seguía entrando, pues seguían apareciendo grietas. Un mal año, que no había conseguido ahorrar dinero para contratar albañiles, se lamentaba de su suerte mirando la casa y pensando en lo desgraciado que era, pues aquel invierno se mojaría y la vigas se podrirían, temiendo que la casa se cayese… Entonces recordó las advertencias que le habían hecho los más viejos del lugar, el año en que se estaba construyendo la casa: “No la hagas ahí, que el terreno es movedizo, y aparecen hundideros”. Y empezó a entender que el problema no era el tejado, sino los cimientos y el terreno sobre el que estaba hecha la casa.
Yo no soy tan sabio como mi abuelo, pero me gustaría decirle a nuestro gobierno que a ver si intenta arreglar la financiación y la economía virtual de las empresas y se olvida de la tierra, de la agricultura, de las fábricas y de los trabajadores. Evidentemente, el tejado es un problema, pero a lo mejor, querer parchearlo, no es la solución.
Ideal. Tribuna. Edición impresa (13/12/08)