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La Fuente de Barranco

Historia de un vecindario

El canto de la chicharra

19/04/2010

El Canto de la Chicharra

(Confesiones desde el silencio… y la risa)

 

 

 Soy Ana y soy sorda. Y éste no es, por tanto, un homenaje anónimo. Va sobre mi persona, mujer y madre, nacida y criada bajo el sol, bajo el agua y el aire que alimenta nuestros campos.

 

Y no estoy sola. Yo camino de la mano de todas las mujeres del campo andaluz; no oigo sus voces, pero escucho los rumores de sus almas. Yo llevo, a cuestas, los silencios más ruidosos del siglo XX. El frío, el hambre, la guerra, la enfermedad, la ignorancia y la desgracia secaron mis oídos. El murmullo de la vida se quedó atrapado en mi cabeza.

 

            Las desgracias, que nunca vienen solas, escoltan mi soledad en las Cabreras, adornando mis días de sudor y risas, días de silencios rotos por el llanto de mis hijos.

Yo he visto crecer el romero y las esparteras, tapizando de blanco y lila las lomas de los Retamales. He visto pasar el tiempo y también lo he visto detenerse. He visto la miseria adherida a las paredes de las casas… Una miseria eterna, quieta, parada, sin querer abandonarnos.

 

            Yo nací en el seno de una familia pobre, pero más que pobre, lo que parecía es que estaba bajo el signo de una mala estrella; estaba abocada a la desdicha. Al menos, eso es lo que creo. Éramos tres hermanos vivos (uno había nacido muerto) y mi madre esperaba otro, el cuarto.

 

-Así seríamos dos parejitas, de machos y hembras. Vuestra madre hubiera estado muy orgullosa de vosotros, pero ¡Qué le vamos a hacer! La pobre se nos fue.

            Eran siempre las palabras de mi padre en las mañanas de invierno, mientras lloraba, dándole la vuelta a las migas en la sartén, junto a la chimenea. Nunca pudo superar la pérdida de su mujer. Y es que el día que mi hermano, el menor, vino a este mundo, a mi madre, la luz de la vida se le apagó, y ya no pudo quedarse con nosotros. Por eso yo no la conocí. No sé cómo era mi madre, pero sí sé que era una gran persona.

 

            A mí me lo contaba mi hermano mayor, aunque a él no le dejaron verla. Había sido por Noche Vieja, en un año de nieves que se tornaría rojo, de sangre, en el 36. Por Navidad, nuestra madre se había puesto de parto y el niño había nacido bien, pero ella no dejaba de sangrar. Entonces vivíamos en la Fuente El Caño, en el pueblo Viejo. Mi padre y un vecino bajaron andando a Iznájar, a buscar al médico, pero cuando llegaron no pudieron hacer nada. Ya la vida se le había escapado.

 

            He intentado criar a mis hijos como me criaron a mí, queriéndolos, sin esperar su respuesta. Siempre les he hablado y les he dicho las cosas una y mil veces, con la duda de si me habían oído, y se lo sigo repitiendo, hasta que me hagan caso. Ellos han crecido como hijos del silencio, sin poder decirme lo que pensaban, aislados, solos y callados, en lo alto de las Cabreras. Con una madre sorda, que no hablaba con los desconocidos, porque no los entendía o porque desconfiaba de sus intenciones. Ellos arrastran mis dudas y mis silencios, ellos se reparten mis angustias y mis miedos. Ellos llevan el olor de la albahaca y de los jaramagos en sus bolsillos, llevan en sus ojos el color de la tierra y en sus labios, la luz de la sonrisa.

 

            Yo me refugio en sus besos y en sus caricias; en el olor de sus cuerpos, que han ido creciendo con el tiempo. Yo me refugio en sus llegadas y en sus despedidas. Los tres han tenido que emigrar, para buscarse la vida, lejos de la tierra que les vio nacer. Pero vuelven, ellos siempre vuelven.

 

            Te haces vieja y las sombras del silencio emergen, de la tinaja del tiempo, hiriéndote en tu soledad. Empieza a no quedarte gente con la que contar: tus compañeros de viaje han muerto o están peor que tú y la vida se te empieza a poner cuesta arriba… Casi como cuando era chica; solo que ahora ya no espero nada. Sólo espero la visita de mis hijos o mis nietos, la espero y la temo. Porque no sé qué es peor, si la espera y las ganas de verlos, o despedirlos cuando se van.

 

            Yo no sé llorar; la vida me secó las lágrimas. Pero me duele aquí dentro, en el esternón. Por eso sé cuando me importan las cosas, por una angustia que no me deja llorar ni tampoco respirar.

 

            Me casé tarde, quizás porque a los jóvenes de mi edad les diera reparo echarse una novia sorda. Me fui a vivir, con el que sería mi marido, una espléndida noche de luna en Noviembre. Me había puesto de acuerdo con él y me escapé de mi casa… Quizás haya sido éste mi único viaje hacia los desconocido; aunque yo sí sabía lo que quería.

 

            Creo en la Virgen de la Piedad, porque creer me da fuerzas para seguir y porque a ella le puedo hablar desde dentro. Durante toda mi vida he venido andando, descalza, pá alumbrarle. Ahora ya no puedo; ahora enciendo mi vela en las Cabreras, pá que vea el camino en su recorrido. Pero yo le sigo hablando, desde mi silencio, porque no necesito saber lo que me responde.

 

            Cuando pienso en mis primeros años, siempre me veo andando, detrás de mi padre. Él iba con la cabeza agachada, mirando al suelo, como si fuera enterrando lamentos… A nosotros nos crió mi padre; por lo menos durante los primeros años. Después se juntó con la Chacha, una mujer soltera y algo más joven que él; pero no tuvieron hijos. Ella, nuestra madrastra, nos educó como hombres y mujeres: nos enseñó a llevar una casa y a salir al frente de nuestras responsabilidades. Pero no podía darnos cariño, porque no lo sentía. El amor, la ternura con la que los padres deben tratar a los hijos, nos la dio nuestro padre. Él nos enseñó, con el ejemplo, que en la vida, a veces tienes que quitarte un bocado tuyo, para dárselo al que tienes al lado. Al principio, él se iba a trabajar al campo y nosotros nos quedábamos en la casa solos, hasta que pudimos andar y acompañarlo.

 

            No sé cuándo nací, me apuntaron en el registro como melliza de mi hermana, que es dos años menor. Y tampoco sé si a ella la pusieron en la fecha en que nació o cuando pudieron ir al pueblo. La gente dice que yo nací por julio, porque mi madre estaba abaleando en la era de los Coloreales, cuando se puso de parto. Por eso, en el mes de julio digo que cumplo años.

 

            La gente piensa que soy tontilla. Pero no es así, que sea sorda no quiere decir que sea tonta. Aprendí las cuatro reglas y a leer y a escribir mirando, sin ir al colegio, cuando casi nadie sabía leer. Pero claro que, entonces, yo no era sorda.

 

            La sordera me vino después, por las calenturas del tifus. La fiebre se me metió en la cabeza, secándome los oídos y dejándome sin pelo. El médico pensó que no sobreviviría, pero aquí estoy. Lo peor de haber vivido antes es que entonces nadie te decía nada. A mí me da rabia saber hoy cosas que antes ignoraba; simplemente porque nadie te las decía. Bueno y si las decía, a lo mejor era yo, que no me enteraba.

 

            Yo aprendí a bordar viendo las cosas que ya estaban echas, “sacando yo misma la muestra”. También hacía obra con mí padre, y arreglábamos cosas con esparto, pleita o lona. Hacíamos sillas con los palos más derechos de la tala y las forrábamos con enea o pita (entonces había piteros en la Sierra); echábamos astiles a los aperos y remendábamos serones o aparejos.

 

            Me hubiese gustado nacer en estos tiempos, porque hay muchas cosas para aprender y a mí me gusta seguir aprendiendo. Mi padre no sabía estar parado, y yo tampoco. Cuando llegué al Algarrobo me tocó hacer de peluquera para el vecindario y también era yo la que ponía las inyecciones; la gente no se atrevía, pero yo sí, yo le metía mano a todo.

 

            La vida en el campo, durante mucho tiempo, ha sido miserable. Últimamente ha habido unos años mejores (por algunas comodidades) pero otra vez empieza a torcerse. Entonces no teníamos de nada y ahora empezamos a perder lo poquito que habíamos conseguido. Las gentes no aprenden a conservar y a mirar por lo que se tiene. En la vida hay que empezar a partir de algo, no destrozando lo que hay y queriendo partir de cero.

 

            Nuestra vida ha sido siempre trabajar y comer. Bueno y dormir, cuando podías; porque a veces, ni eso. Durante unos años, los primeros de casada, mi marido emigró a los Pirineos y yo me quedé sola en el campo. Primero con un niño, después con dos y, la última vez, ya con los tres. Había que hacerse cargo de los animales, de la siega, de la era… En épocas como aquella es cuando se pone a prueba a las personas. Y a sus vecinos; sola o solo no eres nadie, te hacen falta los vecinos, la gente que te rodea. A mí me han ayudado siempre, a pesar de que yo no me fíe de los otros.

 

            Cuando vives aislado, lejos de la civilización, la familia cobra una especial importancia: es lo que da sentido a tu vida cada madrugada. Es lo que te da fuerzas para levantarte y ordeñar las cabras o encender la candela, si es invierno. Yo no entiendo los problemas que hoy en día parecen tener los hombres y mujeres. Hemos nacido para vivir juntos, para entendernos y para aguantarnos los unos a las otras y viceversa. El campo es duro, pero te hace sabio y prudente; aquí el que no trabaja no come y cada uno tiene su trabajo.  Lo mejor es que cado uno sepa lo que tiene que hacer; el trabajo no entiende de género. En la vida hay que echarse obligaciones y llevarlas a cabo. No podemos pretender que otra persona haga lo que yo no quiero hacer.

 

            Los tiempos de modernidad han sido injustos con el hombre y la mujer andaluces: han supuesto que todos éramos terratenientes y nos han dejado de la mano de Dios. El pueblo que se olvida de su agricultura, y de la tierra, es un pueblo sin futuro, perdido, expuesto al capricho de los vientos, de las modas y de las tendencias. Nosotros hemos llevado una forma de vida muy pobre, con mucha escasez, pero digna y orgullosa. No le debemos nada a nadie, aunque tengamos que dar las gracias a todo el que nos rodea.

 

            Algunos y algunas estamos vivos porque teníamos días en los que vivir. La vida te va seleccionando, como si quisiera que sólo quedásemos unos pocos. Estar vivo ya es, en sí, un motivo de alegría. Nosotros nos hemos criado en “el culo del mundo”; donde nadie iba par saber cómo estábamos. Pero en lugar de quejarnos, hemos transformado la tierra y hemos criado a nuestros hijos. La tierra te condena y te salva al mismo tiempo, porque si la trabajas te da de comer. Hoy en día parece que el éxito es vivir sin trabajar. No lo entiendo. Si no trabajamos, ¿para qué estamos en esta vida?

 

            Casi toda la vida he tenido que juntar las noches con los días, necesarios e insuficientes: lavando en la fuente, bajo el sol del verano, cosiendo de noche, bajo la luz del candil. En los últimos años se nos secó la fuente -como a mí el oído- y entonces la vida fue a peor. Ya no había tiempo para el descanso, en la madrugada y al medio día, había que salir a buscar agua… La vida no es fácil, pero hay que querer vivir.

 

            Me ha gustado que mis hijos hayan sido capaces de labrarse un futuro, por sí mismos. En la vida, al menos como yo la he conocido, el dinero sólo es necesario cuando te hace falta; en las demás ocasiones no sirve para nada y puede que hasta te estorbe. Lo importante de las personas (y creo que mis hijos lo tienen) es que tengan sentimientos nobles y que se respeten a sí mismos. Así podrán vivir con honestidad y la conciencia tranquila, que ya es bastante.

 

            En mi cabeza reposa el canto de las chicharras. Siempre las oigo y siempre las tengo dentro; unas veces de fondo, a lo lejos, otras como si estuviesen posadas en mi cabeza.

-Es un ruido que tu cerebro atrapó en la infancia, antes de perder el oído.

            Es lo que dice mi hijo mayor, pero yo no lo sé. Para mí es una condena: soy sorda y sin embargo, tengo que escuchar, eternamente, el canto de las chicharras.

 

            Hace algunos años que llevo un audífono, pero los chasquidos me marean. Puedo escuchar a uno, si no grita, pero para la calle y la multitud no sirve. Así que en los caminos, lo apago para no caerme.

 

            Yo nunca he viajado, quizás porque no podía preguntar por el camino que debía seguir. Mis caminos son los de las laderas y los del río, los de los olivos y los de las cabras. Mis caminos son aquellos que no hacen preguntas, porque van desde la haza a la casa. Mis caminos, como el paseo de los perros, me llevan a donde siempre puedo volver. No sé andar hacia lo desconocido, quizás porque piense que es malo, quizás porque no sé lo que cuentan de él.

 

            Si un día me cruzo, contigo, por los caminos y al hablarme tú, yo te sonrío, no pienses mal. Es que no te he oído, pero mi saludo y mi bendición… van contigo.

 

Juan Gámez

 


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Comentarios:

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    Publicado por: ojgyfj | 05/01/2012 18:36:42
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