Un Blog para cada Ciudadano

La Fuente de Barranco

Historia de un vecindario

Quizás, o los surcos del amor.

05/05/2011

Quizás ya hubiera dejado de soñar.

Quizás, el sueño, fuera la vida misma;

 él no lo podía saber con seguridad.

 

 

E

staba sentado bajo la higuera, al borde de la era, contemplando la blanca luz del amanecer sobre las Cabreras. El manto grisáceo, azuloscuro del pantano, se extendía bajo el monte de la Ladera, absorbiendo la luz de la mañana, como triste y negro presagio de los días que habrían de llegar.

            El hecho es que no sabía cuando había llegado hasta la higuera, ni cómo. Tampoco sabía si siempre había estado allí, sentado. Como esto último era poco probable, concluyó que se estaba despertando, que había dejado de soñar y que por fin estaba de vuelta en la realidad.

            Se miró intentando reconocer su cuerpo. Se miró las piernas, los brazos, las manos y, en su muñeca izquierda, ante sus somnolientos ojos, apareció el pañuelo blanco anudado a ella. Ya dejó de interesarle la luz, el sueño y el pantano; a sus oídos, a sus labios y a sus narices llegaban el olor a avellanas, el sonido de los palillos y los cálidos versos de las coplillas que le habían acompañado durante la noche.

-¡No serás capaz!

            Seguía oyendo la voz susurrante, caliente, espesa y ardorosa, junto a su cuello. Pero estaba solo y la noche, la última noche, como epílogo maldito de todas las noches de su vida, se le vino encima… Evidentemente, había dejado de soñar.

 

T

odo había empezado unos años atrás, en el otoño, con la sementera, en los barrancos del Carrizal y tras la yunta, en la luna menguante de Noviembre.

Él había preparado la yunta, cargado la maquinilla (arado), el ubio y el rabero (o timón) en uno de los mulos, “Rojillo” y en el otro, la mula “Golondrina”, echado los aperos y el pienso, la capacha y el cántaro de agua. Había llegado a la finca casi de noche, bajando por las lomas de los Coloreales hasta cerca del Cortijo del Río. Había descargado, colocado la capacha con la comida y el agua a mitad de la haza y uncido las bestias; estaba listo para empezar la besana y echar la obrá (día de trabajo).

            Su padre, la noche antes, le había dicho:

- Vete pallí, que irá Jozeico pa pintarte las jabas. La parte suya es la que pega al barranco, junto al cañaveral y luego, parriba, llega hasta la verea que cruza pa los Cuquillos. Aquello es una obrá, así que apresúrate pa terminarla en el día.

            Y allí estaba él, esperando para empezar la jornada, esperando a que llegara el pintaor

 

            Ella había llegado silenciosa, robando al aire el eco de sus pasos, delante de la burra, que la traía de reata y cargada con las semillas.

- ¡Me parece que hoy te ha cambiao la cuadrilla! Mi tío vendrá después. La que pinta hoy aquí, soy yo.

            La mujer había soltado la retahíla, como saludo, antes de decir otra palabra. El se giró, levantando la cabeza, pues estaba echado sobre las manceras (mangos) de la maquinilla, fumando y maniatando la paletilla (raedera), en una actividad monótona, larga y sin interés. Pegó un respingo y recuperándose del asombro, saludó:

- ¡Güenos días tengas, mujer! Dichosa tú que puedes cambiar la cuadrilla, porque a mí no me cae esa breva. ¿Tú eres…?

            Se interrumpió, no sabía el nombre de aquella mujer, aunque creía haberla visto alguna vez, quizás con su madre o con las lavanderas, en la Fuente del Caño… Quería recordarla y situarla, pero en aquel momento era incapaz.

- Parece mentira que no me conozcas…eso es que no te has fijao en mí. Sin embargo yo a ti sí te conozco; tú eres el hijo de Siorico del Algarrobo. Y por cierto, mi nombre es Milagros, “Mila” para los que me tratan. Como te he dicho soy sobrina de Joseico, que vendrá después. Me ha mandao a mí pa que pinte las habas contigo y aquí estoy, con el cebero preparao. Lo que no me dijo es que el gañan que manejaría la yunta ibas a ser tú; él pensaba que vendría tu padre. -Había dicho ella, en tono aclaratorio y de broma.

- Pues no. Este año, las obrás me están tocando a mí. El año que viene yo me incorporo a filas y ya tendrá tiempo él, de echar días con la yunta, cuando yo me vaya. No hay otro hombre en la familia. -Aclaró él.

- ¡Huy! Qué pronto pones tú en boca la palabra hombre si, como dices, todavía no has hecho todavía ni la mili. -Bromeó ella.

- Mujer, uno dice lo que parece. Porque luego, la verdad, siempre está por descubrir. Aunque ya, pamí, tu nombre de Mila, ya no es un misterio. -Bromeó también él, mientras la miraba fugazmente.

            O quizás no tan fugazmente. Una pañoleta, de color tierra, ocultaba su melena. Por detrás, su pelo negro y rebelde, iba sujeto con una coleta. La cara le relumbraba, con las mejillas quemadas, al aire frío de las mañanas de otoño. Los ojos brillantes, profundos y negros, como negras aceitunas maduradas al sol y al aire. Quería seguir mirándola, pero optó por hablar.

- Pues vamos a ponernos con la faena, que se nos va el día. ¿Cómo te ha dicho tu tío que pintes las habas?

- A golpes de tres, o cuatro jabas, con el paso mío. Me ha dicho que ares yunto (surcos próximos entre sí), pa que supla la haza.- Apuntó ella, dejando caer las recomendaciones que había recibido.

- Descuida mujer; eso está hecho. No es la primera vez que aro. Yo, los dientes de leche los perdí arando; así que ya puedes hacerte una idea. -Aclaró él, en tono burlón.

- ¡Eso es lo que tú dices! Ya me gustaría a mí saber dónde perdiste tú los dientes de leche. -Apuntó ella, con picardía.

- Pues si no fue arando, fue cavando guchillos (calvas alrededor de los árboles u obstáculos), que es lo mismo, con la yunta. -Y espoleó él a los mulos para seguir dirigiéndose a ella, pues había comenzado a arar.

- ¡Arre, Golondrina! ¡Vamos, Rojillo! No pintes en el primer surco. Empieza luego, a la vuelta, cuando lleguemos a la punta de la besana.

 

            El día había transcurrido bien, con alguna broma que otra; sobre todo en los revezos (descanso tras un periodo de trabajo) y a la hora de comer. Aquella mujer le gustaba: era vivaracha, bien dispuesta y no parecía cortarse con nada, pues tenía respuesta y salidas para todo. Se sentía a gusto en su compañía, y con su charla, ironizando, casi siempre en broma.

            A media tarde llegó el tío de ella. Empezó a patearse la finca, añadiendo no sabía qué comentarios sobre si había muchas pastas (tierra apelmazada), que si los “guchillos” no estaban bien recortados y no sabia qué más cosas. Pero al final se puso a cavar los encuentros de los cuatro olivos, de los almendros y de las higueras que había bajo el camino; no deberían ser muy importantes las pegas (inconvenientes, trabas) que le ponía a la ariega, pero algo había que decir.

            Apenas quedaba luz del sol, cuando él se disponía a deshuncir la yunta. El tío del amuchacha, anticipándose a su intención, le autorizaba.

- Suéltalos ya. No vamos a amolar más en el camino, que luego se lo comen los bichos al pasar. Por lo menos que tengan que salirse de la verea; no se lo vamos a poner en la boca. ¿El día ha venio justillo, no? Es que los jóvenes parece que estáis en babia, se os va el tiempo sin daros cuenta. Pero al final ha venio bien, con el día. Como hablé con tu pae.

            El hombre seguía relatando, sin esperar respuesta ni réplica de ninguno de los dos. Y ellos, que habían llegado a intercambiar bromas, cuando llegaban a los extremos de la besana, comentaban en plan jocoso las ocurrencias del hombre mayor.

- Es que si no dice algo, revienta. -Comentaba la joven.

- Déjalo. Ellos siempre tienen que decir algo, si no sería como si no contaran y eso es difícil de asumir. De todas formas parece que hoy, la yunta, viéndote a ti, ha aligerao el paso… Te vas a tener que venir a las obrás conmigo, como pintaora. Porque si no, mañana, éstos no van a querer tirar de la maquinilla. -Bromeaba él, refiriéndose a ella y los mulos.

- No estás despreciado, que mucha falta hace en mi casa. Porque el día de hoy… ¡A ver cuando me lo pagan!

            Había terminado la jornada, a un ritmo más vivo que el de otros días. Quizás fuera la compañía de aquella mujer o quizás fuera que él quisiera demostrar ante ella que era el mejor gañán del entorno. Entre tantos quizás, el día se le había ido en un soplo.

            Ya se despedían. Coloreales arriba él, con la yunta; Carrizal hacia delante ellos, con la burra. Unos instantes antes, la mujer se había cruzado por delante de los mulos, que permanecían arreatados y le había dicho, mirándole a la cara:

- Se dice por ahí que no te pierdes una fiesta. Pasado mañana hay una velá, en la Casa del Vidrero, en el Cerro. Espero verte, si vas.

            Se lo había dicho mirándole a los ojos y así se fue alejando, con la mirada fija en él, sin esperar respuesta.

 

 

R

ecordaba los dos días transcurridos, largos, eternos; en una espera inexplicablemente ansiosa, exasperante. Era como si de la posibilidad de volver a verla, dependieran muchas otras más cosas. Nunca le había ocurrido. Quizás fuera porque, esta vez, la iniciativa no había partido de él, o quizás fueran las expectativas que él se estaba creando… Otra vez navegando entre los quizás.

            Había llegado el día y él no había podido soltar (dejar de trabajar) temprano; prácticamente era de noche cuando subía de las Relimpias, en la Lomas, con la yunta y la maquinilla otra vez cargada en los mulos. Llegó hasta el Algarrobo, metió los mulos en el tinao y, mientras su padre preguntaba no sabía qué sobre las horas, él entraba apresurado en la casa.

- ¡Máma! Voy a comer algo y me voy, a echar un rato en lo del Vidrero.

- ¿Otra vez esta noche? Tu pae se va a poner como un basilisco.

            Le reprendió la madre, que no dijo nada más. El se metió en el colgaízo, con la palangana media de agua. Se lavó y se afeitó, después se fue a los cuartos, para cambiarse de ropa. En pocos minutos salía de la casa, camino del Cerro, con su mejor camisa blanca, su pantalón de pana y su chaqueta gris.

            Cuando llegó a la fiesta le parecía que no había nadie, sólo la buscaba a ella, sin encontrarla.

- Ya pensé que no ibas a venir. -Le habían susurrado por detrás.

            Le había hablado al oído, exhalando el tibio aire sobre su cuello y él se estremeció. Recuperándose de la súbita invasión se giró, comentando:

- A los peces pequeños, sólo hay que enseñarles la caña; ellos solos pican.

- No te tengo yo a ti por pez chico, precisamente. Aunque si lo dices por mi invitación, te agradezco que la hayas correspondido. Ahora voy a sentarme con mis vecinas. Cuando pase un rato, espero que me saques a bailar. -Le dijo, mientras empezaba a separarse.

- Con esa intención he venido…

            Pero apenas le dio tiempo a decírselo, mientras ella se alejaba, dándole la espalda. Fue entonces cuando empezó a caer en la cuenta de que allí había más gente y ya pudo ver a los asistentes. Hacían una especie de corro, con las mujeres sentadas por un lado, con las sillas contiguas en semicírculo, junto a dos mesas pequeñas con vasos y platos de roscos. El resto del círculo parecía que lo completaban los hombres, de pie. En el falso centro no había nadie. Saludó a dos o tres vecinos y conocidos y siguió, repasando con la mirada, a los que allí estaban. La casa era muy pequeña y había mucha gente, lo que la hacía más reducida. En uno de los rincones vio a sus dos vecinos, los Guapos, que charlaban animadamente en voz baja; el padre de ellos, sentado cerca de las mujeres rasconeaba la guitarra.

            Decidió irse hacia donde estaban los dos hermanos, eran mayores que él y, con ellos, se sentía más arropado.

- ¡Hola, Antoñuelo! Traes cara de venir buscando novia… Ten cuidao con la Milagros, que esa te echa el guante y tú estás mu crudo.

            Le saludó Juan Guapo, el mayor de los hermanos, en broma.

- A mí no ha nacio quien me eche el guante, al menos por ahora. -Siguió él con la broma.

- Pues entonces, ya somos más de la misma condición. -Comentó, riéndose, el otro hermano, el menor, que se llamaba Antonio.

            Estuvieron un rato haciendo comentarios y buscando, entre los reunidos, a gentes que normalmente iban a otras funciones. Hasta llegaron a ensayar alguna coplilla, para levantársela a alguno o alguna de los asistentes.

            Parecía que el trío se había olvidado de lo que le rodeaba, hasta que una voz cálida, aterciopelada, les sacó de su aislamiento.

            Él se giró, pues estaba de espaldas al corro. Ella estaba allí, sentada entre las mujeres; las palmas de las manos sobre las enaguas, en ambas rodillas y todas las miradas posadas sobre ella:

“¡Ay! Que no ha nacio quien me quiera,

pues el hombre es pura promesa;

estorba, como al trigo la avena

y espera, a que la amapola florezca”.

            Hubo palmas, hubo gritos, hubo saltos, hubo risas, pero él solo la veía a ella. La voz le salía de las entrañas y sus ojos relucían, con el brillo de las mil lunas atrapadas, en sus veinte años… Parecía una diosa.

            No supo cómo, pero cuando se hubo callado el murmullo, casi al instante se vio frente a ella, mirándola fijamente, la mano abierta, extendida y la gargantea seca, muy seca:

“Dices que no ha nacio quien te merezca,

palabra que recojo de hombre ofendío;

y quiera Dios que ante ti aparezca,

el cariño que tengo yo escondío”.

 

            Aquella noche hubo más versos, y más coplas. Después baile, baile y vino. Aquella noche ya había perdido el sentido de lo ocurrido.

            Y después vinieron más veladas y más encuentros y más escapadas hasta el cañaveral del Carrizal. Después llegaron los atardeceres de besos furtivos en la fuente, los días de agónica espera y las largas noches, escondiéndose de la luna. Después llegarían días y noches enteras, robando amaneceres, soñando con atardeceres eternos.

            Pero aquello había durado poco tiempo, quizás unos meses. Después, con el principio del verano, el cogería el tren de los Quintos y se iría a la mili y… Ya nada sería igual.

 

E

l servicio militar duraría, entre unas cosas y otras (una guerra y después una redención de condena), cinco largos años, durante los cuales, la carta que le había hecho llegar su padre, presidiría todas sus mañanas y todas sus noches sin almohada…

 

- “…Mira Antoñuelo, hijo mío. La muchacha con la que andabas antes de irte, la han visto pretendiendo con otro (…) Te escribo esto para que te vayas haciendo a la idea, para que cuando vuelvas, no te lleves el chasco…”.

 

Ya no recordaba más, ni le importaba.

            Se la había leído un soldado veterano de la compañía, pues él no sabía leer, mientras estaban en el frente de Sierra Morena. Y lo había mandado callar; no quería saber nada más de lo que ponía la carta. Aquel día, entre las balas del fuego enemigo, entre los gritos de los soldados heridos, su alma se había dormido; el mundo se había parado. Durante los cuatro largos años que siguieron a la carta, no había sido consciente ni siquiera de la guerra que había librado ni de los posteriores destinos.

            Su alma se había helado, sobrevolando los surcos de las Cabreras y del Carrizal.

            Había tenido tiempo para olvidarla, y había decidido olvidarla… hasta que volvió.



C

on el regreso del gañan, se reanudarían las funciones y las veladas, algunas de ellas en su propia casa (de su padre) en el Algarrobo y lógicamente, sin querer pero deseándolo, se volverían a encontrar. Él no había ido a verla, dolido porque ella no había sabido guardarle la cara, o al menos eso era lo que pregonaba. Pero un día, a las pocas semanas de su vuelta, coincidieron en una función, por San Juan, en la casa de los Greñas.

            Aquella noche fue ella la que primero habló, cantando en la fiesta, claro:

“Míralo por dónde asoma,

el que a mí me despreció.

El mundo da muchas vueltas

y ahora lo desprecio yo”.

 

            Y él, cómo no, le había respondido:

“Bien sabe Dios que me alegro,

de que me hayas aborrecido.

Porque sabe Dios mi cuerpo

de qué barranco ha salido”.

 

            Después de aquella noche, ya no se enfrentarían más. El tono se enfriaría, aparentemente, hasta la noche pasada, esa noche de la que ahora él se despertaba; probablemente la noche más larga de su vida, o quizás la más corta, no lo sabía.

            La velada había sido en la Erilla, bajo el Cerro de las Pasas, por encima del Carrizal. Habían llegado a distintas horas y, en medio del barullo, sus miradas, se habían cruzado: “vámonos fuera”, había creído leer él en los labios de ella. Poco después, los dos se encontraban, deseosos, oscuros y noctámbulos, en las profundidades de los barrancones del Carrizal…

- No serás capaz de llevarme contigo, a tu casa. -Le había dicho ella, susurrándole.

- Mi familia no lo aceptaría, ni yo lo entendería. -Objetó él, dubitativo.

            Pero habían empezado a andar, por el camino de la Joya. Cuando llegaron hasta la Lagunillas, cerca de la casa de sus padres, en el Algarrobo, él que había permanecido silencioso hasta entonces, se paró y sin levantar la vista del suelo, dijo:

- No puedes venirte, es mejor que te vuelvas pa tu casa, antes de que sea de día…

- Yo no puedo irme a vivir contigo y tú no quieres que me vaya. -Contestó ella, dolida.

- No quiero que te vengas, pero tampoco puedo vivir sin ti.

            Él quería insistir, pero ella ya no escuchaba. Se había metido la mano en los senos y había sacado un pañuelo blanco. Y cogiéndolo por el brazo se lo había atado a la muñeca con dos nudos, mientras le decía:

- Toma, llévalo contigo, irá dónde tú vayas…

            Y se dio la vuelta, marchándose para su casa.

 

A

quella madrugada, él no había entrado a la casa de sus padres, se había quedado bajo la higuera. El frío de la madrugada estaba calando su piel. Creía estar despierto.

            Aquella mujer…Era imposible tenerla; sólo existía en el deseo y los recuerdos, en su propia necesidad.

            La vida, el futuro, sus propias esperanzas y él mismo se desvanecían con la luz del día. La vida empezaba a no tener sentido ya, para él.

            Se levantó y comenzó a andar. Iba deshaciendo el camino, hasta los Coloreales. Allí, cuesta abajo, estaba el Carrizal. Iba buscando la finca donde la había conocido, pero ya no estaba allí, el pantano se la había tragado; solo las higueras seguían, bordeando el camino de los Cuquillos.

            Siguió bajando hasta llegar al borde del agua, mirando hacia dentro, hacia las profundidades negras. No veía los surcos, no encontraba los surcos de su amor…

Empezó a caminar, adentrándose en el agua. Iba buscando los surcos, quizás ellos sí siguieran allí, bajo el agua. Quizás…

Zacarías Sioro

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